XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
09 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Todo el mundo sabe, al menos en teoría, que el hombre es un ser esencialmente histórico, y que ni siquiera la verdad y la racionalidad están exentas de pagar su tributo al lugar y al tiempo. La palabra esclavitud, por ejemplo, no significa lo mismo ahora que en el siglo XVIII. La explotación de la infancia no se describe del mismo modo en Suecia y Eritrea. Y un crucifijo de metal no se ve de la misma manera cuando lo lleva el papa de Roma, en medio del boato vaticano, que cuando lo exhibe un fiscal talibán para pedir una pena de muerte. Podemos hacernos fundamentalistas, y reconocer sólo una verdad. Pero eso nos lleva casi siempre a la injusticia y al fracaso, como quien hace el mal entre los hombres y predica el bien en el desierto. No se trata de recuperar, como es obvio, el viejo principio aristotélico de la justicia proporcional. Pero tampoco parece un acierto la vuelta a un eurocentrismo dogmático que, olvidando su propia historia, y puesto en boca de quienes otrora fueron sus víctimas, quiere explicar todos los mundos desde aquí y todas las historias desde hoy. La conferencia de Durban, por ejemplo, falla por eso: porque no distingue el hoy del ayer, el aquí del allí, las ONG de los poderes representativos, los estados democráticos de los que no lo son, y la capacidad de obrar de la de hablar. Y aunque es verdad que ese batiburrillo puede ser muy útil para montar una convención basada en la denuncia utópica, tiende a ser completamente inútil a la hora de afrontar las causas de la injusticia, el reparto de la riqueza y el problema de la guerra. También por eso se explica el fracaso de las eternas conferencias de paz de Oriente Medio, los Balcanes y Angola, o la dramática falta de ideas que paraliza las políticas de migración y desarrollo. Y hasta es posible que ahí esté también la causa de la debilidad de muchos procesos de transición democrática que, iniciados en medio de grandes esperanzas, se pierden después en la jungla informativa del primer mundo. Lo más curioso es que esta falta de capacidad para contextualizar los hechos se produce en el momento en que disponemos de mayores medios para aplicar el conocimiento histórico y la geopolítica a la solución de los problemas políticos. Y eso nos obliga a reflexionar sobre el creciente divorcio existente entre la preparación y la aptitud para gobernar y las formas de legitimización del poder que se practican y resultan eficaces en la democracia mediática. Cada vez es más frecuente que los ciudadanos se vean sorprendidos por la elección que ellos mismos realizan, como si su resultado fuese un capricho de la democracia. Aunque lo que de verdad sucede es que, metidos en una nueva era, nos falta mucho aprendizaje.