ANTÓN LOSADA A REVIRAVOLTA
02 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Vivimos tiempos de reconquista y privatización. Nada gusta más a los gobernantes de aquí o Bruselas que faxear sus batallas liberalizadoras, nada entusiasma más a Aznar que presentarse como el Cid Privatizador. Ya conocen el argumento: lo público apesta y el Estado y sus regulaciones son un estorbo para los buenos negocios, así que se trocean y venden las empresas públicas, se dinamitan los controles y el mercado nos hará felices a todos. Por generación espontánea, los consumidores se beneficiarán de la mayor competencia y en las empresas mandarán accionistas y gestores profesionales, no políticos o amigachos. Si eso fuera verdad, si los mercados de los calzoncillos o la energía funcionaran igual, si las privatizaciones hubieran sido procesos abiertos y no trampas con truco en beneficio de núcleos duros formados por corporaciones más incontrolables que cualquier gobierno, aún fallaría algo en esta teoría del bienestar automático: las empresas sólo ven a los clientes que dan beneficios, a los que generan pérdidas sólo quieren verlos lejos. Liberalizar sin más favorece a los consumidores con capacidad de compra y que deciden en grandes mercados. Para los consumidores periféricos, que operan en mercados pequeños y con más costes que dinero, el efecto es devastador. Acabar pagando bienes y servicios infinitamente peores es su destino; y Galicia es uno de esos clientes periféricos que todos compiten por quitarse de encima, si alguien no interviene para impedirlo. Los resultados Basta mirar los resultados producidos por las más aireadas hazañas liberalizadoras, para comprobar que tanta competencia compite poco por esos gallegos no muy ricos, caros de servir y con esa geografía endemoniada. Esa interminable transición a la competencia de las eléctricas nos ha traído, pese a ser productores netos de electricidad, un recibo más caro, un servicio que nos suministra las tres cuartas partes de los apagones de todo el Estado y una red descuidada porque cuesta más mantenerla que desairar a un cliente que no puede cambiar de proveedor, sólo quejarse en un teléfono que ni siquiera es gratuito. La liberalización de las gasolinas nos ha otorgado el privilegio de pagarlas más caras que nadie. La apertura del tráfico aéreo ha traído menos vuelos y peores aviones a nuestros faraónicos aeropuertos. La liberalización de las comunicaciones nos ha colocado una antena cada veinte metros, pero el servicio es tan malo y caro como antes y sigue siendo imposible disponer de alta velocidad en un domicilio o empresa a diez kilómetros de Compostela. En el último mercado liberado, el forestal, la privatización ha creado el primer monopolio de su historia y condena a Galicia a tener los humos de la celulosa, pero no el dinero de las papeleras. Tales aires de libertad no soplan, en cambio, tan briosos allí donde los pobres tienen algo que ganar. El dinero puede volar libremente hasta esfumarse, pero un tipo cuya única riqueza es su trabajo no puede dar dos pasos sin que un policía le pida los papeles. En nuestro caso, son aquellos mercados donde somos mínimamente competitivos los más intervenidos y no precisamente a nuestro favor. Así sucede en la pesca, donde se castiga a nuestra flota por eficiente, o con los productos agrícolas, donde un burócrata te marca cuánto y qué producir y te retira las mismas ayudas que renueva en Francia. Servicios peores y más caros, empresas incontrolables operando servicios públicos en su exclusivo beneficio, menos competencia, menos elección para nosotros y de postre, intervenciones a favor de los competidores en nuestros pocos sectores más fuertes, eso está trayendo la furia liberalizadora a los gallegos ¿Qué hacen mientras nuestros gobernantes? Fotocopiar certificados médicos. Eso está bien. Lo más importante es tener salud.