EL QUE A HIERRO MATA...

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

31 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo raro, y lo injusto, no es que un obispo pueda cesar a un profesor de religión cuando le dé la episcopal gana. Lo extraño es que pueda nombrarlo sin más condición que su personal criterio, y que su digital decisión sea asumida por un Estado laico que le da plaza en un colegio público, le paga, y se queda sin control sobre su calidad científica y su progreso curricular, incluyendo el sublime momento en que le dan la patada y lo mandan a casa. Por eso me siento poco motivado a apoyar a Resurrección Galera y demás compañeros mártires: porque aceptaron muy a gusto el modelo digital que los empleó, y porque nunca les he oído demandar un sistema objetivo de titulaciones y oposiciones que les garantice la misma libertad -y las mismas exigencias- que tenemos los demás profesores. Si se acepta el actual sistema de nombramientos, y se da por sentado que un profesor de religión se parece mucho a un catequista, tendremos que reconocer que los obispos actúan con una lógica aplastante. Porque, si es cierto que un ejemplo vale más que mil palabras, no queda más remedio que excluir de la docencia católica a los divorciados, a los que usan condón, a los que critican las encíclicas del Papa y a los que no están de acuerdo con que la Iglesia tenga mil millones ociosos -¡ese es el problema, monseñor Gea!- metidos en Gescartera. Aunque casi nadie lee la Biblia, que parece sustituida por los discursos que nos endilga el Papa en los aeropuertos, todavía tengo la esperanza de que a nadie le suenen a nuevo las palabras del Maestro: «El que a hierro mata, a hierro muere». Porque me parece oportuno recordarle a los profesores de religión que el que a dedo entra, a dedo sale, y que, mientras no exijan pruebas objetivas y concursos abiertos para su nombramiento, están jugando la partida con dos barajas: una marcada, en plan bendito, para jugarse la entrada; y otra intacta, en plan laico, para jugar la salida. También sé que este problema tiene muchas caras y matices y que es un riesgo resolver peliagudas cuestiones, de herencia secular, en sesenta líneas de un diario. Pero, sin cuestionar ahora la asignatura de Religión, que es el problema de fondo; y sin deslegitimar de un plumazo el acuerdo que faculta a los obispos para controlar tan peculiar asignatura, creo que es plenamente exigible que la habilitación de profesores se haga de manera objetiva y estable, para que su ejercicio profesional sea digno y libre y no queden reducidos a la condición de catequistas cualificados y agradecidos. Cuando así se haga, defenderé a Resurrección Galera con todas mis fuerzas. Mientras tanto, creo que la lógica de su cese -o su falta de lógica- nace con su nombramiento.