No puedo evitar, cada vez que me asomo al mar tenebroso desde alguno de sus promontorios, pensar en la costa de los muertos de los celtas, aquélla donde Bran, diosa de los muertos, colocaba las almas de sus protegidos en barcas de piedra para enviarlas a las tinieblas del mar, al oscuro cementerio marino. Barcas de piedra celtas con muertos que, siglos después, la cristianización nos devolvió a tierra portando a la Virgen hasta Muxía, a San Andrés hasta A Capelada y a Santiago hasta la Iria Flavia romana. Eran los apóstoles náufragos, precedentes de aquellos marineros que perdieron la vida en el azaroso mar finistérrico. Los naufragios que sustentaban la leyenda que dio nombre a la Costa da Morte. La Costa da Morte. Un destino turístico popularizado por las continuas referencias de las revistas especializadas, en los suplementos dominicales, en las novelas, en las televisiones, hasta llegar a frivolidades como la de aquéllos que construyeron un gran botellón de los naufragios, un botellón del despropósito, para promocionar la costa. Pero un peligro mayor que la frivolización de la cultura popular es la muerte física del paisaje de la Costa da Morte. Muerte física que se refiere -según el diccionario- a la destrucción, al aniquilamiento, a la ruina. Y eso, por desgracia, sigue ocurriendo. Un día de estos paseé -absorto como siempre ante la belleza del escenario natural- por la Costa da Morte, por ese tramo del litoral mágico europeo, que no se sabe dónde empieza ni dónde acaba. Me acompañaban una portuguesa y un catalán. Cada vez que parábamos en un mirador natural, mi amiga portuguesa exclamaba: «¡É espantoso!». Lástima que no pude llevarla al Roncudo, donde unas obras en marcha destruyeron innecesariamente el sugerente túnel excavado en la roca que simulaba un pórtico natural a un enclave mágico. ¡Qué mal se entiende el progreso! Porque el progreso nunca es destructor; al contrario, aporta algo valioso que se añade al legado recibido. Una destrucción más, un aniquilamiento del marco natural que daba significación a un pueblo que poco a poco fue arruinando su herencia material. De haber llegado al Roncudo, también mi amiga hubiera dicho «¡qué espantoso!». Por otro lado, cada vez que llegábamos a un pueblo, o al vertedero de Malpica -inexplicable su permanencia-, mi amigo catalán decía: «¡Es espantoso!». Para mi amiga, lo bello, lo natural, era espantoso; para mi amigo, los pueblos y los vertederos eran espantosos. ¿Qué quedaba para mí?: el recuerdo del túnel de Corme; una casa nueva en la plaza de Caión, inconcebible adefesio constructivo, y muchas construcciones nuevas más, acabadas o empezadas para perdurar así, en todas partes. Hoy veo muchas construcciones espantosas; muchos molinillos y muchas aldeas cayéndose. Verdaderamente es espantoso ver lo implacable del proceso. Menos mal que salí del espasmo, cuando mi amiga, la portuguesa, me explicó que en su idioma, espantoso quiere decir que algo es maravilloso, bellísimo. Y este es el sentido del espantoso que yo -como tantos gallegos- desearíamos para esta Costa da Morte. Todavía nos queda tiempo, aún podemos regenerar sus pueblos; pero ¡no nos lo hagan más difícil, por favor! Alcaldes, arquitectos, constructores: más no. La Costa da Morte está con el agua al cuello. ¡Y pensar que esto ocurre en las puertas del siglo XXI...! ¡Es espantoso!.