EL PESCADOR ERRANTE (y II)

La Voz

OPINIÓN

ANTÓN LOSADA A REVIRAVOLTA

05 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Igual que nuestra eficiente flota de altura tiene que aprender a pescar de manera distinta en aguas ajenas, nuestra habitualmente menos atendida pesca en aguas gallegas debe aprender a cultivar el mar y alcanzar por fin la mayoría de edad. La vertiginosa revolución modernizadora iniciada en la bajura y el marisqueo con la llegada de la Autonomía -especialmente en los noventa- debe mantener el paso y recuperar energía. La pesca gallega nunca ha sabido cuidar sus aguas. Tradicionalmente condenadas a la sobreexplotación por una economía de subsistencia donde las rías pagaban primeras comuniones o bodas o valían como ese crédito que no se quería pedir al banco. Ni siquiera la enorme capacidad productiva del criadero marino más portentoso del mundo -las rías gallegas- podía soportar semejante tren de vida. Cuando la Autonomía comienza a desarrollar políticas activas de conservación y modernización, no se andaba lejos de repetir la crisis de la ostra de finales del XIX, que agotó la especie y dio origen al marisqueo diversificado. Las crecientes dificultades de nuestras flotas y una nueva generación de técnicos, gestores y pescadores nos están devolviendo esa riqueza largamente dilapidada de nuestras aguas. Allá donde ha cuajado la cooperación entre una administración dispuesta a servir de soporte técnico, biológico o financiero y hombres del mar con visión de futuro e iniciativa, se ha establecido una forma profesional y rentable de pescar y cultivar el mar. En una década, sin castigar los recursos, el valor de las capturas se ha cuadriplicado, la supervivencia de las especies se haya asegurada y quienes trabajan lo hacen al fin en condiciones laborales aceptables. Son los nuevos referentes para la pesca en aguas propias. La Cofradía de Arcade, donde la colaboración entre biólogos y mariscadores ha permitido optimizar el rendimiento del butrón eliminando la sobrepesca y corrigiendo una norma demasiado restrictiva en origen; Cangas, donde practican la tolerancia cero con el furtivismo; o los naseiros de Ribeira que recogen sus nasas a diario cuando la ley sólo obliga a hacerlo los fines de semana, son ejemplos donde debería mirarse un sector aún demasiado aferrado a un pasado que ni era tan bueno ni, sobre todo, tiene futuro. Su éxito prueba cuánto se equivocan quienes aún sostienen la validez de los dos mitos que más daño han infligido a nuestra pesca: el furtivismo no hace mal a nadie y se gana más vendiendo «por fóra». Ni el furtivismo es una noble tradición, ni el furtivo un simpático pícaro. El furtivismo es una desgracia, el furtivo un aprovechado del esfuerzo ajeno. El mar es de todos, pero no todos pueden explotarlo sin que entre todos lo matemos. El futuro pasa porque quienes pescan en aguas gallegas sean profesionales y ese sea su medio principal de vida. La profesionalización asegura el cultivo, la pesca responsable y la disposición a innovar e invertir. Son los furtivos quienes más devalúan el valor de los recursos y matan las rías, no los mercados, ni las normas de la Xunta, ni las corrientes marinas. Tampoco es cierto que se gane más por fóra que dentro de la comercialización homologada. Sólo la extensa nómina de intermediarios que conectan la pesca ilegal con los mercados gana mucho más de cuanto un pescador pueda ahorrarse en cotizaciones o impuestos. Es en la comercialización donde está el valor añadido. No hace falta pescar mucho para obtener beneficios, lo importante es cuánto vale lo qué se pesca. Cada almeja, percebe o nécora vendida fuera de la lonja rebaja los beneficios de todos, legales e ilegales. Hasta que el sector entienda eso, un verano más otros harán fortuna mientras ellos trabajan de marea a marea para ir tirando.