XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
05 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Si aceptamos -¡Dios nos perdone!- una irreverente metáfora, el famoso Juan Guerra era una especie de anacoreta que operaba solo y sin reglas, sin más objetivo que su salvación personal. Pero los tiempos eran otros, y, aunque sus tesoros eran pura calderilla en comparación con lo que ahora se lleva, la inquisición mediática, jaleada por el clamor popular -¡je, je!-, lo quemó en la hoguera, mientras aprovechaba los rescoldos -más humo que fuego- para chamuscar a su hermano Alfonso. También Roldán y Salanueva fueron simples anacoretas, que, aunque ganaban sus indulgencias al amparo de la fe socialista y de las necesidades de las benditas almas afiliadas al PSOE, despertaron enseguida los recelos de sus correligionarios, hasta dar, en ambos casos, con sus huesos en la cárcel. Después vinieron los de Filesa, y los que operaban al amparo de la Renfe, del AVE, de las concejalías de urbanismo y de los servicios de limpieza. Pero esos ya estaban medio organizados, como en un cenobio. Seguían trabajando por separado, y vivían en su propia cueva, pero aceptaban ciertas reglas y directrices, acudían a orar en comunidad, y repartían las indulgencias con sus hermanos, con plena conciencia de que sólo en el seno del partido, que opera como un cuerpo místico, se pueden compartir pecados y penitencias. Por eso, aunque ganaron muchas más indulgencias que Roldán, Guerra o Salanueva, su castigo fue mucho menor, y hasta sus propios acusadores se sintieron obligados a ser comprensivos con un delito que ellos mismos practicaban -¡y practican!- a diario. Ahora, sin embargo, en el tercer grado de evolución de la vida contemplativa, hemos llegado ya al monacato. Los mangantes operan bajo estrictas reglas, con personalidad colectiva -jurídica, diría el señor Ramallo- y bajo estrictas reglas de organización y comportamiento. Se terminaron los pillos aficionados y los pelotazos colaterales, para actuar en comunidad y como auténticos hermanos -¡je, je!-, y para sentar las bases de un patrimonio que garantice sine die su providencial misión salvífica. Mientras sus falsos papas y prelados defienden la unidad de España y la caridad del empleo precario y las pensiones, estos hermanos de pega, reunidos en conventos como Gescartera, atesoran riquezas como auténticos avaros, bajo la cálida protección del sistema. ¡La leche! Veinte mil kilos de un golpe, sin más ayuda que el hermano alto cargo, el hermano coronel, la hermana que no se entera y el amigo desconocido. ¡Vaya cofradía! Y ¿qué pasará ahora? Nada de nada. Porque el «Trento» político está todavía lejos. Y porque ninguna reforma se empieza hasta dar por terminadas las obras de su Vaticano.