«UN DOS DE AGORA»

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS CON GAFAS DE SOL

04 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Los escándalos políticos se asemejan cada vez más a las averías de automóvil. ¿No les parece? Va uno conduciendo tan tranquilo y ¡pataplás! se enciende un piloto de los que no tienen que encenderse o comienza a salir humo de la radio. Ya con el coche en el taller, levantar la tapa del capó equivale a abrir las puertas del infierno: es imposible predecir lo que vamos a encontrarnos. «Pues esto le va a ser cosa del potencial de la dinamo que ha fundido el pistón de la válvula de escape y el catalizador del cigüeñal reventando los amortiguadores delanteros». Levantar la tapadera de un escándalo nos pone también ante el vertiginoso abismo de lo ignoto. Acuérdense del ínclito Roldán, del que comenzamos sabiendo que cobraba comisiones hasta a quienes tapaban las goteras de un cuartel y al que terminamos viendo bailar en calconcillos en orgías a base de berberechos y tinto Don Simón. Ahora ha vuelto a suceder a cuenta del asunto Gescartera: gracias al descubrimiento de esa estafa gigantesca, hemos conocido que Jaime Morey -¿se acuerdan?: el de las baladas pegadizas del paleolítico español- desempeñaba el puesto de asesor musical del presidente valenciano. ¿Asesor musical? ¿Y en qué puede asesorar uno del gremio del do, re, mi, fa, sol a quien no se dedica ni al bel canto, ni al jazz, ni a la música ligera?, dirán ustedes con razón. Reconozco que por más que la función del columnista sea la de dar a sus lectores claves que le permitan interpretar la realidad, el asunto es ahora pistonudo. Veamos: quizá el señor Morey enseñaba a Zaplana a cantar Els Segadors, que pronto será canción obligatoria en una parte de los Països Catalans; o quizá lo ponía al día sobre rap o techno pop para asegurar así el acercamiento al centro del PP; o quizá, en fin, le explicaba que Carmina Burana no es una colega italiana de Placido Domingo. Son todos esos, claro está, razonamientos de curtidísimo analista. De tener la fortuna de gozar aún de su presencia, mi tía Enriquetiña lo explicaría, sin embargo, echando mano de una teoría sociológica infalible, asentada por ella en los duros años de postguerra. Cuando alguien preguntaba entonces a Enriqueta en qué trabajaba cualquiera de los muchos individuos que se habían colocado en la sindical, la sección femenina, la Falange, o en algún otro de los muchos chopes situados en los establos del poder, mi tía contestaba de inmediato y con convicción de socióloga: «Ese non traballa. Ese é un dos de agora». Puede que tampoco el señor Morey trabaje en nada exactamente, limitándose a oficiar como uno más de los miembros de esa larga estirpe de chupópteros que, pegados a los lomos del que manda, sólo son «un dos de agora».