Zapatero pide un aplazamiento de su declaración por la «complejidad» del sumario
CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO
26 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La Basílica de Ettal se encuentra en la ruta de los Alpes bávaros a novecientos metros de altura y a unos ochenta kilómetros de Munich. A este lugar, bellísimo en naturaleza y en arte barroco, vino a parar durante los cinco últimos años de su vida, los mismos que duró la segunda guerra mundial, el Padre Mayer. Y según comenta en algunas de sus cartas, no lo disfrutó. «Por ahora soy, aún viviendo, un muerto. Sí, esta mi muerte es para mí, aún tan lleno de vida, mucho peor que la verdadera muerte para la que me he preparado tanto». Detenido varias veces por la Gestapo, pasó por las prisiones de Stadelheim, en Munich; Landsberg y el campo de concentración de Oranienburg-Sachsenhausen, en Berlín; hasta ser confinado definitivamente en la Abadía de Ettal, de donde fue liberado por las tropas norteamericanas. Las escasas fotos del padre Rupert Mayer nos lo presentan como un hombre alto, fornido, con un rostro de grandes facciones, rudo pero amable. El jesuíta no sólo era conocido por su apostolado, sino también por su llamativa cojera. Durante la Gran Guerra sirvió como capellán militar y una granada le arrancó una pierna. Al sacerdote cojo le dieron la Cruz de Hierro. Quizás por este motivo, Hitler, le tuvo algún respeto a pesar de los enfrentamientos verbales intercambiados en las cervecerías de la capital del nacional socialismo. A ambos los unió, al principio, el feroz anticomunismo. En la Hofbräu (la Cervecería real), Hitler escuchó las arengas de Mayer y le pidió ocuparse de combatir a los bolcheviques a través del espíritu, que él ya lo haría con la política y las armas. Pero Mayer pronto se dio cuenta de la barbarie criminal del nuevo régimen y, en la Burgerbräu, apoyado sobre su bastón, delante de los más altos jerarcas nazis gritó: «Un católico alemán no podrá ser jamás nacionalsocialista». Mayer, de una audacia y valentía probada, tuvo que salir escoltado para evitar su linchamiento por la multitud y, a partir de entonces, comenzó la persecución. Sus superiores le mandaron guardar silencio y le prohibieron predicar. Camino por la Neuhauserstrasse y entro en la Bürgersaal Kirche. Curiosamente la cripta no está bajo tierra, sino al nivel de la calle, y la iglesia barroca, reconstruída, se encuentra en el primer piso al que se asciende por unas sencillas escaleras. En esta cripta está la tumba. Es una lápida de mármol rojizo que lleva inscritos su nombre y las fechas de nacimiento y muerte. A la entrada hay unas vitrinas en donde se exhiben objetos personales: el sombrero, el bastón, sus fichas de recluso, la Cruz de Hierro, así como otros documentos. Subo a la iglesia. Son las doce de la mañana de un día cualquiera, no hay ninguna festividad especial, y me sorprendo de verla llena de fieles que siguen la misa. No son sólo personas mayores, sino también jóvenes con mochilas. Pregunto si todos los días está tan concurrido y el conserje me responde que, el padre Mayer, nunca está solo. En Dahau, en el corredor de la cárcel (una cárcel dentro de otra) había varias celdas de castigo ocupadas por sacerdotes católicos prisioneros, así como una minúscula capilla. No debemos olvidarnos de la sangre de estas víctimas que ayudaron a olvidar la poca compasión que la política del Vaticano tuvo para con tantos millones de asesinados por el terror.