EL NACIONALISMO TRANQUILO

La Voz

OPINIÓN

ANTÓN LOSADA A REVIRAVOLTA

23 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Hace no menos de veinte años, un grupo de jóvenes y brillantes futuros abogados, políticos o médicos subía por el Franco Compostelano exigiendo que se definiera si Galicia era colonia o Champú. Aquel espíritu burlón sacudió como una descarga eléctrica la triste dictadura intelectual que sobre la izquierda y el nacionalismo gallegos ejercían un pequeño ejército de comisarios, parapetados en pisos cutres donde había niebla hasta en los pasillos. Hoy como entonces, conviene reivindicar aquel sentido del humor para revelarse contra este pensamiento "escuro" que llega desde Madrid y jalea con entusiasmo Raxoi. Ese pensamiento cuadrado donde todo lo arregla el mercado, el milagro siempre son ellos y el nacionalismo es la gran amenaza. Ese pensamiento cada vez más simplón para un mundo cada segundo más complejo. Galicia se ha modernizado sola, a besos y bofetadas consigo misma, con Madrid, con Bruselas y el mundo en general. Nada debe a nadie, salvo a sí misma y a esos miles de gallegos que hace ya tiempo que saben en qué mundo viven y que la patria de cualquier hombre es su infancia; esa misma donde nos enseñaron qué significan exclusión, raza, imperio o como la lengua que hablábamos en el recreo no podía usarse en las clases. A Galicia la ha cambiado el esfuerzo individual y colectivo de esos pescadores listos para recoger sus redes y buscar otras aguas, esos agricultores endeudados hasta las cejas para mecanizar su trabajo, esos empresarios que dedican la mitad de su tiempo a gestionar que no les amarguen la vida desde ayuntamientos y consellerías, esos estudiantes que van al extranjero con dinero prestado por sus padres, los emigrantes que regresan y ponen un bar o un cibercafé, esos miles de hombres y mujeres que patean cada día las calles, las oficinas y los teclados de los ordenadores. Ellos construyen esta Galicia luminosa, cosmopolita y abierta, que ya sabe que un único vial de tren, aunque sea de alta velocidad, te lleva a ninguna parte. Dudo que ninguno de ellos se levante cada día pensando en la Galicia organicista, feudal, antiliberal y neocarlista que soñaba Brañas, ese país rural organizada por estamentos y gobernada por derecho divino. La tensión entre el nacionalismo ultraconservador y tradicionalista y el nacionalismo liberal y progresista de Castelao o Bóveda hace tiempo que se resolvió. Hace tiempo que sabemos que Galicia no es ni colonia ni Champú. Con independencia de a quién vote y por fortuna, en nuestra sociedad civil se ha ido implantando de forma mayoritaria un sentimiento por una Galicia solidaria, tolerante y abierta y un nacionalismo tranquilo y pluralista, basado en una concepción política de una nación que ampare la diferencia cultural y las identidades múltiples, que impulse la cohesión y la coexistencia cooperativa. Conflictos sociales Si el sentido de la política es resolver conflictos sociales, ¿a santo de qué desde el poder y sus trompeteros se inventan antagonismos inexistentes en la realidad y convierten en un problema colectivo los traumas individuales de cuatro descerebrados con un videojuego en lugar de ideología? ¿Por qué insisten en declarar entre nosotros una guerra que no es nuestra? Hace años que Galicia se encontró a sí misma. Si alguien se lo contara, este 25 de julio recordaría con honor a tipos como Aureliano J. Pereira, lugués, regionalista y republicano, de pensamiento laico y progresista, poeta, ensayista, redactor del diario de Lugo, el Regional y el País, uno de los ponentes del proyecto de constitución Gallega aprobado en Lugo en 1887 y que murió pobre en 1906... naturalmente, en Madrid.