XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
22 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La primera vez que los gallegos oyeron hablar del AVE fue hace 2.045 años, cuando Julio César vino a poner orden al norte del Limia, y aquellos valientes y túzaros guerreros tuvieron que acostumbrarse a decir «¡Ave Caesar!». Desde entonces sabemos que esa dichosa palabra, ave, no significa lo mismo cuando se dice en la capital -Roma o Madrid- que cuando se dice en el extremo occidental del imperio. El tren que va a Valencia, que por su antigüedad va a ser sustituido por un moderno AVE, lleva varios años corriendo a más velocidad de la prevista para el futuro tren gallego. Y lo mismo que pasó durante tanto tiempo con las autovías, que estuvieron paradas en Benavente para darle al viajero la sensación de entrar en el mundo civilizado, pasará ahora con el tren, cuando los gallegos lleguemos a Valladolid y veamos acelerar un AVE verdadero. Claro que no todo son inconvenientes, y que, mientras los valencianos y catalanes tendrán los nervios de punta por el escaso tiempo que media entre la salida y la llegada, los gallegos podremos ver el paisaje, tomar el bocadillo y visitar el bar antes de pasar Valladolid. Quizá por eso, porque acabamos de enterrar las esperanzas de un AVE verdadero, la chusca foto de la traviesa -¡de madera, supongo!- puesta en un sitio cualquiera de un tramo cualquiera, que se va a inaugurar cualquier día, tiene aires de entierro, como si Cuiña y Álvarez Cascos captasen el momento y estuviesen asistiendo a un tránsito hacia la eternidad. Ello no obstante, a pesar de que todo esto me suena a juego político para nativos, me abstendré de criticar a fondo el tema, porque no quiero que me llame Fraga por teléfono y me repita su argumento favorito: «Mentras vostede critica, eu fago». ¡Quién me iba a decir a mí que iba a acabar así: escribiendo en castellano y citando a Fraga en gallego! ¡Cousas veredes...! Pero el teorema es infalible: a menos velocidad más bombo. Y por eso tendremos que prepararnos para aguantar la monserga del progreso durante los próximos quince o veinte años, hasta que entre en Lugo un tren que viaje a la pasmosa velocidad de 165 kilómetros por hora. Y por eso me alegro de que las autovías, las del 31 de diciembre de 1995, estén aún sin terminar. Porque gracias a ese pequeño retraso tendremos un día de asueto en la propaganda del AVE, cuando se reinaugure el último tramo y me llame Fraga para decirme: «Mentras vostede criticaba, eu facía autovías». Luego empezaremos a presumir de AVE, gracias a que nuestros trenes hacen la mitad del viaje por Castilla. Y volveremos a decir la dichosa palabra con la gracia que usamos la primera vez: «¡Ave Caesar, amodiñuri (los que van a ir despacito) te salutant!».