ALFONSO DE LA VEGA GARITA DE HERBEIRA
10 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La reciente invocación para celebrar con toda relevancia el cuarto centenario del Quijote realizada por el secretario general del PSOE, una vez pasada la perplejidad inicial producida entre algunas de sus señorías por el hecho insólito de que un relevante político actual patrocine el que la política y la nación españolas tengan algo que ver con la Cultura, parece que ha movido a cierta chacota entre algunos bien-pensantes de la derecha perenne española. Quizás ello no hace sino probar lo que afirmaban los antiguos chinos de que «por la sonrisa del necio se conoce la grandeza del Tao». Por esa época, el siglo vi antes de nuestra era, también decía Pitágoras que el universo es una combinación de números e ideas. Así, ¿a quién se le ocurre hablar de Cultura y de ideas en semejante retablo de las maravillas, desnaturalizado por el reglamento y destinado sólo a servir de escenario teatral al aburrido recitado de abstrusos números? Para muchos, aún hoy, Don Quijote es sólo un muñeco grotesco y ridículo, loco cuando pretendía llevar a cabo los ideales de libertad, justicia y verdad. Pero de nuevo cuerdo, cuando, inmediatamente antes de ser físicamente liquidado por Cervantes, (entre otras razones, además de la obvia de la censura, para evitar que pudiera ser objeto de una nueva y difamatoria salida) abomina de su pasado de caballero andante desfacedor de entuertos, y nos declara su católica condición. Pero la derecha más reaccionaria del siglo XVII, la clerical controladora de palacio, (igual que Pinochet en el siglo XX), comprendió muy bien en ese momento que el Quijote era un libro muy peligroso por lo revolucionario de su contenido ideológico, (antecedente de la Ilustración y de la Revolución Francesa) y la singular belleza de su continente. E intentó desactivarlo. Dado su eminente éxito editorial, no podía censurarlo sin más. Por ello se trató de desnaturalizarlo, con la infamia calumniosa del Quijote de Avellaneda, transformando al ideal, Dulcinea, en una ramera y, al cabo, encerrando a Don Quijote en el manicomio de Toledo. Tras la maravillosa segunda parte, y la inmediata muerte de su autor, la siguiente estrategia fue la del ninguneo, que probablemente hubiera dado resultado de no producirse una serie de felices circunstancias a las que no fueron ajenas algunas relevantes personalidades extranjeras. Y después, cuando el olvido fuera ya imposible, se trató de dosificarlo por toda una corte de eruditos que trataban de disecar su cuerpo tratando de esconder su alma. El Quijote para todo hombre de buena voluntad es un libro sagrado. Debería ser el libro sagrado por antonomasia de los españoles. El libro de la libertad, la justicia, el honor y el deber moral. Un auténtico test para saber dónde está cada cual. El mayor patrimonio moral de España después de su lengua, esa lengua que fue desde sus orígenes el Rocinante de su pasión de emancipación frente al despotismo. Hay varios Quijotes de los que aprender: el novato incompetente de la tremenda aventura de Andresillo, y el experimentado, solemne, sabio, generoso y valiente que es vencido, como héroe solar que es, un día de san Juan. Pero cuidado, Don Quijote sigue vivo y es el mejor héroe que puede invocar cualquier español progresista que quiera realizar aquí y ahora los más grandes ideales. No conviene que esto lo olvide nadie que se pretenda centrista pues en ello le va buena parte de su credibilidad en el mundo de la cultura.