JOSÉ A. PONTE FAR VIÉNDOLAS PASAR
18 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Sabíamos que estaban a punto de llegar y ya lo han hecho. Yo los vi este fin de semana, como siempre y en avalancha. Ellos, con su ya inevitable pantalón corto, muchos con calcetines, claro, y casi todos con visera. Ellas, pues parecido, con sus camisetas y zapatillas deportivas. Unos y otras, con los michelines descontrolados. Ya sé que el viajar se ha convertido en una industria y, para algunos países, en la más floreciente de su economía. Pero eso no es suficiente para no alertar sobre los peligros que los turistas organizados en grupos representan para la contemplación y disfrute del patrimonio artístico e histórico. Y no crean que digo todo esto por inquina hacia este tipo de gente que nos invade en verano. Lo que ocurre es que echo de menos a aquellos viajeros de hace unos años, que sabían muy bien a dónde iban y por qué. Hoy están arrinconados por el turista, un ser ruidoso al que le vale todo, con tal de llenar de nada unas horas con las que no sabe qué hacer. El turista, en general, parece que viaja para escapar por unos días a su propio cerco vital. La finalidad del viaje, a donde sea, es la de perderse en la aglomeración. Y es que las cosas han cambiado mucho y, como casi siempre, para mal. Como decía, hasta hace poco se viajaba para conocer otros pueblos, otras razas y otras costumbres. Antiguamente, alguien emprendía un viaje para encontrarse a sí mismo, con la esperanza, además, de desvelar algún misterio asociado a la mitología personal. Mucho antes de los romanos, los primeros viajeros ya enfilaban el camino hacia Finisterre en un intento de vislumbrar el Más Allá y descifrar lo indescifrable. Y Jasón y los argonautas habían emprendido un gran viaje en busca del vellocino de oro. Y los cruzados iniciaban un viaje a los Santos Lugares que, entre ida y vuelta, duraba toda la vida. Y mucho más tarde, Julio Verne viajó imaginativamente al Centro de la Tierra; Proust, al centro de su memoria, y Camilo José Cela, a La Alcarria. Es decir, antes, tanto los héroes, como los escritores, como la gente normal, viajaban para algo. Ahora, desde que es de muy buen tono enseñar el álbum de fotos del último viaje entre las amistades, se viaja para viajar. Para presumir de haber ido o haber estado. Y esto, claro, es una equivocación. Y lo que es peor, con trascendencia y efectos secundarios, pues esa equivocación acaba atiborrando los aeropuertos, haciendo eternas las caravanas en las carreteras e insufribles las playas. Y llenando las calles medievales de la ciudad que visitamos de un pegajoso olor a hamburguesas fritas en aceite rancio. Realmente creo que estamos ante la reminiscencia de una de las plagas bíblicas. Por eso creo que la alternativa este verano está en Internet. Viajar virtualmente por museos, restaurantes y hoteles de ciudades lejanas. Sin grupos uniformados con viseras y camisetas, sin agobios y sin cámaras. El único peligro está en perderse en la red y acabar empantanado en un chat insulso y somnoliento.