SANTOS LUGARES

La Voz

OPINIÓN

SUSANA FORTES PUNTO DE FUGA

01 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay ciudades para las que acaso la única solución sería que renunciaran al pasado e ingresaran limpiamente en la neutra dignidad de la amnesia. El paisaje desértico que rodea el Mar Muerto, al sur de Jericó, es monótono y terrible: un lago de asfalto semilíquido, azul, coronado por piedras amarillas de imponente altura. Las colinas no sugieren rostros de dioses ni de hombres, como dijo Edmund Wilson, que conocía bien Palestina, «nada fuera del monoteísmo pudo haber salido de allí». A pocos kilómetros, en lo alto de las montañas, se alza lívida Jerusalén, la ciudad que fortificaron los cananeos 3000 años antes de Jesucristo, cuna del judaísmo, del cristianismo y lugar de veneración para el islam, una urbe corrompida y espesa envuelta en una calima de amenaza sobre la que patrullan los convoys de distintos ejércitos y brillan azules las sirenas policiales. Capital confundida, fragmentada en cientos de iglesias ortodoxas, maronitas o católicas, en mezquitas islámicas, en sinagogas y templos coptos, una espiral de callejones y escalinatas, emboscada en patios malolientes y mercados vociferantes donde los hombres venden su alma como en cualquier suburbio del infierno. La ciudad santa de las tres religiones verdaderas. El estatus de este polvorín es el verdadero nudo gordiano de las negociaciones de paz en Oriente Próximo, una soberanía imposible de adjudicar. Apenas cuatro kilómetros cuadrados por los que todos están dispuestos a matar y a morir: la Vía Dolorosa, que recorre el itinerario que hizo Cristo con la cruz, atraviesa paradójicamente el puro corazón del barrio musulmán. En el subsuelo de la explanada de las Mezquitas se encuentran las ruinas del templo de Salomón y en uno de los contrafuertes de la construcción árabe se apoya el mismísimo muro de las lamentaciones, sanctasanctórum de los judíos. Bajo la cúpula de oro de la gran mezquita de la Roca reposa la piedra sobre la que Abraham quiso sacrificar a su hijo Isaac, y desde la que Cristo y más tarde Mahoma ascendieron a los cielos. Difícil administrar tanto lugar sagrado. Hubo un tiempo no tan lejano en el que los niños judíos levantaban las manos ante los fusiles de los oficiales de la Gestapo, con la misma expresión de abismo y desamparo en los ojos que tienen hoy los niños palestinos que mueren en las calles de Gaza y Cisjordania. La historia no sirve de nada. Por las calles férreamente vigiladas de la capital elegida, sube un humo negro que refleja turbiamente el alma enferma de sus habitantes y sopla un viento feroz que no tiene piedad con nadie. La ciudad santa es un matadero circundado por el cáliz venenoso de la fe, sobre el que gravita el pasado y la culpa. Jerusalén, eterna... pero condenada.