CRÓNICAS HUSITAS / Enrique Curiel
30 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¿Qué papel queremos que juegue España en Europa? Solamente caben tres posibilidades. Ser el pequeño de los grandes, convertirnos en el líder de los pequeños y medianos, o carecer de sitio y jugar cada partida cambiando de aliados, sin una estrategia negociadora y corriendo un grave peligro de aislamiento. Desde el principio de su mandato en 1996, Aznar no ha dispuesto de un rumbo estable y una definición clara sobre esta cuestión crucial para nuestros intereses. Más allá del mantenimiento de unas buenas relaciones con Washington y con Hispanoamérica, todo lo demás, incluido Marruecos, era muy confuso para los gobiernos populares. Desde los primeros tropiezos con Cuba para averiguar a quién le correspondía mover ficha en el tablero diplomático, hasta los recientes desplantes amenazadores al monarca de Rabat, pasando por la ruptura de una alianza no escrita con Portugal, mantenida por razones históricas y culturales, el tacticismo preside nuestra política exterior. Cualquiera que se aproxime a la historia de la política comunitaria, sabe que el eje París-Berlín constituye la base de todo lo construido tras la Segunda Guerra Mundial. Solamente tras la reunificación de Alemania y con motivo de la reciente Conferencia de Niza, Alemania ha pretendido desnivelar el equilibrio que mantenía con Francia, como consecuencia de su nueva identidad en el escenario europeo y mundial. Alemania constituye el motor económico de la UE, y tanto desde el punto de vista de población, como por su ubicación en el centro de Europa, no nos puede extrañar que reclame mayor capacidad e influencia. Por lo tanto, para un país como España, ¿qué puede ser más interesante que mantener unas relaciones inteligentes y positivas con el motor europeo? ¿Tal actitud significa debilitar la defensa de nuestros intereses nacionales? No. Se trata de buscar unas posiciones que ayuden a España, ayudando a todos. Durante años Aznar privilegió las relaciones con Gran Bretaña, cuando es evidente que los británicos no juegan, precisamente, la baza europeísta y miran de reojo permanentemente hacia la Casa Blanca. Y ahora que Alemania ha decidido pilotar la gran operación de la apertura al Este de la UE, Aznar se sitúa en una posición equívoca. Aunque tenga razones en materia de los fondos de cohesión, puede perderlas al percibirse que España podría estar interesada en frenar la ampliación para mantener los citados fondos. España debería disponer de una propuesta para negociar el nuevo presupuesto, dialogando y cargándose de razón ante todos. Pero Aznar ha preguntado por lo suyo. La verdad es que éste fue un asunto mal resuelto en Niza. Y ahora corremos el peligro de quedarnos sin los fondos, sin aliados grandes y sin amigos pequeños.