ANTONIO PAPELL
21 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El viernes por la noche comenzó en Quebec la tercera Cumbre de las Américas, que reúne al máximo nivel a representantes de 34 estados americanos: todos menos Cuba. La formación del gran mercado común americano, la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que debe abarcar íntegramente el continente, desde Alaska a la Tierra del Fuego, está siendo la estrella de la reunión, dentro y fuera de la sede que congrega a los representantes institucionales. Fuera, los movimientos antiglobalización, presentes también muy masivamente en el evento como ya es habitual desde la reunión de la Organización Mundial del Comercio en Seattle en 1999, están obligando a la policía canadiense a emplearse a fondo; dentro, algunos presidentes americanos -como el brasileño Cardoso y el salvadoreño Flores- han hablado críticamente del proyecto económico unificador, que debe servir, han dicho, para extender la democracia en todo el continente y para beneficiar a todos los países y a todos los estratos sociales. El peso exorbitante de los Estados Unidos desequilibra el conjunto, por lo que son lógicos ciertos recelos en este proyecto integrador, en todo caso admirable.