EDUARDO CHAMORRO
18 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La plaza de Galicia en Pontevedra fue levantada hace algo más de un mes para la reparacion de su pavimento, lo que se hizo con el acostumbrado despliegue de desconcierto y escombros hasta coronar la empresa con el no menos habitual desdén hacia los detalles. Así que los pasos de cebra no se pintaron de nuevo. Es decir, que desaparecieron, huidos de su lugar de residencia. Y, sin embargo, no se puede decir que hayan desaparecido en la práctica, pues residen en la educación de quienes por allí se mueven. La noticia, rayana en lo inaudito y maravilloso, es que los automovilistas se detienen en esos pasos de cebra que, en realidad, no existen, y ceden el paso a los peatones como si existieran y fuera evidente su pintura sobre el asfalto o conglomerado. Pocos días antes de que tuvieran lugar las obras en esa plaza, la novelista Luisa Castro y yo celebrábamos su recién ganado premio Azorín hablando del peculiar concepto del otro en la educación gallega (ella es de Foz, Lugo) o, mucho mejor dicho, en la sensibilidad gallega, sin la que no hay educación ni en Galicia ni en cualquier otro lugar o tiempo. Dado el disparate al que pueden y suelen llegar las charlas entre gente de letras, una de nuestras conclusiones fue la de que, a veces, la noción del otro es inexistente, escurridiza o volátil, pero que, en otras ocasiones, puede producir una impresión de tan elevada densidad e impacto como para conducir al suicidio. Hay que tener en cuenta que el otro puede ser tan imperialista y voraz como egoista, el ego. Y estábamos bastante de acuerdo en que, desde ese punto de vista, el suicidio podía ser la decisión más tajante de una conciencia sujeta a la norma de no molestar ni dar en modo alguno la lata. La historia de los automovilistas de la plaza de Galicia en Pontevedra plantea la relación con el otro según el designio de una imaginación exquisita. El automovilista y el peatón no se conocen, y el paso de cebra no existe. Pero ambos dan por sentado algo que, en realidad, no se ve, y hacen de ello la substancia, el testimonio y la garantía de un pacto de respeto mutuo. Es un ejemplo mucho más efectivo y convincente que la lúgubre grandilocuencia de la Dirección General de Tráfico a la hora de mostrar cómo deberíamos conducirnos los unos con los otros.