JOSÉ ANTONIO PONTE FAR
19 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Triste historia la de los cadáveres portugueses encontrados en las costas gallegas. Supongo que por lo que tiene de dramático, no es fácil sustraerse al magnetismo del insólito suceso; lo cual, a su vez, explicaría el interés con que desde Galicia se ha seguido la tragedia. Esa atracción por el fenómeno -al margen del lógico sentimiento de solidaridad- puede obedecer también a factores muy arraigados en nuestra cultura y tradición, relacionados con el mar. No hay que olvidar que la cultura gallega es atlántica, vinculada a costumbres y a prodigios marítimos. Por el mar, por ejemplo, vino el Apóstol Santiago, hasta la misma desembocadura del río Ulla. Por mar llegó, también, a Virxe da Barca, hasta los difíciles acantilados de Muxía, dicen que para consolar al Apóstol, en su soledad de predicador. Cabalgando las olas, vinieron las imágenes de madera de muchos santos, que se fueron repartiendo por las costas de los países atlánticos, como Portugal, Galicia, Bretaña... El mar fue capaz de traernos hasta Cristos, como el de Candás (Asturias) y el de Cangas, arrojados a las aguas por los protestantes en las guerras de religión que sufrieron los países del norte europeo. Y quizá todo este compendio mitológico no sea más que una variante circunstancial del mito de la barca en que llegó a Galicia una raza de serpientes -los celtas- que expulsaron a los moradores anteriores. Como vemos, el mar gallego sigue empeñado en acrecentar el mito, pero ahora a base de dolor y llanto. Lo legendario se torna intimista y patético. El Atlántico, sabedor de que hasta Fisterra peregrinaban ya los celtas, reinventa una ruta fría y oscura, sin duda macabra, pero, al fin y al cabo, caritativa y humana, pues gracias a su querencia por lo mítico, unas familias pueden enterrar a sus muertos. A Costa da Morte y el Atlántico siguen instalados en la leyenda, hermanados en nieblas y en sobresaltos. Y empeñados, no lo olvidemos, en recordarnos la relatividad de las cosas y de la vida misma. Por ejemplo, que Portugal y Galicia están tan próximos en sus destinos como en sus límites geográficos. Que el mar une más que separa. Que las cosas, los objetos, por muy pequeños que sean, nos sobrevivirán, lo que no deja de ser una tragedia para el orgullo del ser humano. Así, es difícil no pensar en ese reloj, sujeto a la muñeca inerte del cadáver de una mujer, marcando inexorablemente los minutos en su tétrico recorrido por las aguas del océano. Al final, esa hora menos de su esfera sirvió para devolver la identidad de portuguesa a su dueña. Y desde la seriedad justiciera de nuestros acantilados, para escarmiento de unos y enseñanza de otros, se podría hacer esta pregunta: ¿qué condena se le impone a las dos personas que iban a ser juzgadas, el mismo día de la tragedia, por haber denunciado, interrumpiendo el tráfico, el mal estado del fatídico puente portugués?