ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
10 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.«Que todo español desde 16 años hasta 45, sin distinción de clase ni estado, es soldado de la patria». Eso aprobaban, a propuesta de Don Agustín de Argüelles, las primeras Cortes liberales españolas, las de Cádiz, el 22 de enero de 1811: nacía, así, el servicio militar obligatorio. Anteayer un decreto del Gobierno decidía suspenderlo y poner fin a lo que constituía ya un impopular anacronismo. Es un acierto: tanto, por lo menos, como lo fue hace 190 años crear la conscripción universal y obligatoria. Es un acierto, en primer lugar, porque en nuestra área geopolítica la guerra casi ha desaparecido, por fortuna, del horizonte de los hombres. La propia guerra es, de hecho, un anacronismo para los europeos actuales. Los ejércitos no pervivirán ya para la guerra, ni para la distensión bajo la amenaza de la guerra, sino para la paz: las misiones de interposición y humanitarias serán cada vez más el auténtico cometido de los ejércitos de Europa. Y para esos cometidos, los ejércitos habrán de estar compuestos por fuerzas muy operativas, bien adiestradas y entrenadas, objetivos imposibles con un ejército no profesional. Por ello es, también, un acierto la suspensión del servicio militar: porque sólo la profesionalización permite una respuesta técnicamente adecuada a la necesidad de contar con unas tropas cuya misión no será ya ni la de dispersarse por el territorio nacional, para tenerlo políticamente controlado, ni la de participar en guerras masivas en nuestro continente. Para intervenir en Kosovo, o para hacerlo en Macedonia, no hay que contar con miles de soldados desmotivados y bisoños: hay que hacerlo con unidades reducidas, pero altamente preparadas. La supresión de la mili es un acierto, en fin, porque ya ningún gobierno democrático está dispuesto a asumir el coste inmenso que podría suponer enviar soldados de reemplazo a misiones de combate. Esa es la pura realidad. Como lo es que el mundo militar se basa todo él en valores que, probablemente necesarios para quienes tienen atribuido el privilegio del monopolio de la fuerza, resultan difícilmente soportables por ciudadanos educados en la libertad y la igualdad. Por eso, pese a que el ejército goza hoy en España de un respeto social del que nunca había gozado en el pasado, la mili se nos va sin que nadie levanta la voz en su defensa. Porque, como en el dicho, entre todos la mataron, y ella sola se murió.