TAMBIÉN LE PASÓ A KUBRICK

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

06 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Cuando Stanley Kubrick presentó su película 2001: una odisea del espacio, estaba convencido de que el siglo XXI quedaba lejísimos, y que la fecha elegida para su sonoro título no era más que una expresión cifrada del futuro. Y por eso marró el argumento: porque la mítica fecha del 2001 se precipitó sobre las cabeceras de los periódicos y se hizo cotidiana; y porque tiñó su historia con criterios de ficción, cuando los científicos ya estaban construyendo los chips que a él le parecían imposibles. Algo parecido, me temo, debió sucederle a Manuel Fraga, que -siempre atareado y siempre dando órdenes- mandó redactar un futuro para el 2010, sin darse cuenta de que esa fecha es presente, y que una pléyade enorme de políticos modernos ya están ejecutando -¡y pagando!- muchos proyectos -el AVE a Irún, el Plan Hidrológico, la ampliación de la UE, la estación Alfa y el escudo antimisiles- que no serán inaugurados hasta después del 2010. El problema del proyecto Galicia 2010 no es lo que dice, ni quién lo hizo, ni como se pagó, ni quién lo va a leer. El problema -como el de Kubrick- es la fecha, que resulta muy tardía para instrumentar políticas electorales, al estilo PP, y demasiado próxima para hablar del futuro, al estilo europeo. Y, aunque no voy a aplicarle el adjetivo de absurdo con el que JeanPaul Sartre se refería a las quince horas -tarde para algunas cosas y temprano para todas las demás- me parece oportuno destacar el sutil inconveniente de que ni es presente ni futuro, sino una simple referencia para lo que ya empezó y que aún no se pudo terminar. Claro que esto no es más que filosofía pura, mientras las presentaciones de libros y proyectos las hacen los políticos con sólida formación jurídica, que nunca tienen dudas en las definiciones. Para Mariano Rajoy es evidente -y pensar lo contrario sería ilógico- que es futuro lo que viene después del presente. Y por eso glosó con maestría las virtudes de este Galicia 2010, como si el porvenir del Finisterre quedase plasmado en un testamento con albacea. Gracias al libro, Europa entera sabe que aquí no nos andamos con bromas, y que, mientras otros gobiernan a ras de tierra, nosotros profetizamos por alto, en equipo, y con base plural (como dirían los cursis). Y el hecho de que yo sea un descreído y un crítico profesional, no impide que posea un ejemplar de Galicia 2010, que comparte anaquel, casualmente, con las Doloras de Campoamor. Por si acaso.