XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
04 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Si hablaba de su persona, y para sí mismo pedía un «margen de credibilidad» y «el beneficio de la duda», Antonio Fontenla puede estar tranquilo, ya que nadie le niega lo primero, y para nada necesita lo segundo. Pero si hablaba de la Confederación de Empresarios de Galicia (CEG), y para ella solicitaba ambas gracias, nos vemos obligados a decirle que su credibilidad está por debajo de cero, y que, no existiendo ninguna duda del desastre financiero y contable, ni de la deuda fraudulenta que pesa sobre la institución que preside -sólo desde el jueves-, resulta un imposible metafísico aplicarle ese beneficio que espera. Porque, si grave parece el enorme desfalco que puso fin a la era Ramilo, peor resulta la evidencia de que, como muchos nos temíamos, la famosa CEG no era más que un tinglado clientelar y cutre que, pagado con dinero público, como el caso Pallerols, servía de púlpito a un liberalismo simploide y decimonónico que nada aportó a la sociedad gallega. Ya sé que la patronal no era la única que se forraba a costa de los tristemente famosos fondos de la UE. Ya sé -todos lo sabemos- que hay muchos denunciadores de oficio que andan estos días más callados que el Miño, silbando distraídos y mirando para otro lado. Pero también hemos de reconocer que nadie nos dio tanta murga como Ramilo con las ventajas del neoliberalismo y la competitividad, ni con la necesidad de reducir las costosas e ineficaces burocracias del Estado, que él pensaba sustituir con su aguerrido espíritu empresarial. Por eso duele tanto sentirse burlado, abroncado y saqueado por una CEG que dio el más lamentable espectáculo de cuantos en ella cabía imaginar. Y por eso no tendrán credibilidad hasta que entonen el mea culpa, paguen lo que deben, y rehagan un discurso aceptable para las gentes de este -¿pobre?- país. Sí sólo hablásemos de los mil millones de marras, bastaría con denunciar el caso, encarcelar a alguien, y devolver la pasta. Pero hablamos de una burla insoportable, de descontrol financiero y de un discurso neoliberal mentiroso y servil. Y eso sólo se resuelve pidiendo perdón, rascándose el bolsillo, y empezando desde los cimientos, hasta reconquistar su espacio, su discurso y su credibilidad. Por eso admiro el valor que le echa Antonio Fontenla al aceptar la presidencia de la CEG. Y por eso merece, a título personal, que todos le echemos la mano que tanto necesita.