LA CARRERA HACIA LAS URNAS XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
04 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Si adoptamos el punto de vista del Partido Popular, el de sus afiliados y sus votantes, la proclamación de Manuel Fraga como candidato a la presidencia de la Xunta es un acto lógico y lleno de sentido democrático. Nadie como él suscita unanimidades dentro y mayorías fuera. Nadie como él se acopla a la extraña manera de hacer y sentir la política que tenemos los gallegos. Y nadie como él sabe hacer evidentes sus virtudes y sus defectos, para que todos le voten sabiendo exactamente a qué atenerse. Por si esto no bastase, también hay que reconocer que le echa muchas ganas; que se pasa el día en los caminos buscando votos y abrillantando el candelero, y que su idolatría por el poder le hace capaz de renunciar a las muchas cosas hermosas que tiene la vida de la gente corriente. Por eso constituye un fenómeno electoral sin precedentes, que, en mi condición de politólogo, me resulta fascinante. Lo malo es cuando se cambia de perspectiva. Cuando se renuncia al carné del PP y se aparca el puro criterio profesional, y cuando uno se pone a pensar con la fría distancia de un ciudadano que, sin tener especiales compromisos ni servidumbres, tiene ojos para ver el país, corazón para sentirlo e hijos para heredarlo. Porque en este supuesto no se entiende casi nada: ni qué atractivo puede tener el acto rancio y repetido que se vio en Santiago, ni qué ilusión suscitan los planos silogismos de Aznar, ni qué pinta la palabra futuro artificialmente salteada sobre unos discursos que parecen hijos de estereotipo y nietos de lugar común. En un país de inercias, donde todo lo nuevo se resume en tener teléfono y todo lo grande en viajar por autovía, resulta difícil asumir que nuestro futuro se agote en la imagen de Fraga, que nuestra comprensión de España se confunda con la cruzada antinacionalista emprendida contra el PNV, y que nuestro voto se oriente a propiciar la mano generosa que Aznar le tiende a Galicia y «a esas gentes modestas pero leales», que pagan impuestos y tienen derecho a exigir que se las gobierne y no más. Pero la política -como el fútbol- es así. Y no seré yo quien le discuta al PP el mérito de habernos cogido la aguja de marear y tenernos completamente absortos con las evoluciones verbales sobre nuestra modernidad «seriamente asentada en el pasado». Aunque tampoco me quedaré sin decir que su discurso me sabe a rancio, que su futuro me tiene cara de pasado, y que mi Galicia no cabe en sus horizontes.