FÉLIX SORIA
12 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Las singulares características de la actividad pesquera en Galicia han provocado que a medio y largo plazo el futuro de la flota dependa de caladeros y voluntades ajenos, de pactos internacionales, sean públicos o privados. No hay otra salida. La plataforma marítima gallega está sobreexplotada y las posibilidades de pesca en los caladeros más cercanos a los puertos galaicos (en aguas de Portugal y del Golfo de Vizcaya) son cada vez más reducidas y políticamente, problemáticas. Durante décadas, armadores y pescadores han aplicado tres criterios más propios de recolectores del Neolítico que de agentes económicos del siglo XX. El primer mandamiento, todavía sacrosanto para muchos, es pescar todo lo que se pueda y más. El segundo principio consiste en obtener beneficio rápido, inmediato, sin arriesgar, sin invertir. Y el tercer criterio, quizá el más empobrecedor, es hijo de la inhibición, acaso del fatalismo. El sector -empresarios, autónomos y asalariados- parece dispuesto a aceptar todo, como si alguien o algo (¿la providencia?) tomara decisiones inapelables. En el escenario descrito, con los mimbres existentes y con una Administración (regional, estatal y comunitaria) que echa balones fuera, la flota gallega está a los pies de los caballos. Depende cada vez más de gobiernos extranjeros. Lo cual, digan lo que digan los profetas del victimismo, no sólo es consecuencia del ingreso de España en la Unión Europea, ni de los errores e inhibiciones de tal o cual ministro de las Españas. La mayoría de los problemas de un país tienen solución cuando la colectividad (la suma de los individuos, más sus dirigentes sociales, económicos y políticos) se pone manos a la obra. ¿Tan difícil es entender que las aguas de Marruecos, de Marruecos son?, ¿tan desgarrador es reconocer que quien más desespera es el que espera sentado?, ¿tanta es la cerrazón que nadie se atreve a mirarse en el espejo sin máscara?