ANTONIO ERIAS REY
01 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Amigo Ignacio: Supongo que ha de sentirse gran responsabilidad al ser el primer gallego del siglo XXI y del Tercer Milenio. Un hecho que si bien de momento no percibes, pues todavía llevas unas horas entre nosotros, sí puedo asegurarte que te singularizará a lo largo de toda tu vida. Una vida en la cual, ojalá, nunca dejes de tener la íntima sensación de ser feliz y para ello habrás de tener en cuenta, como decía Séneca, que sólo hay un bien causa y fundamento de la vida feliz: creer en uno mismo. Aseguraba Mariano José de Larra que cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara. Pues mira, la verdad del siglo que ayer despedimos, justo unos minutos antes de darte la bienvenida, para nosotros, los gallegos, no es otra que la de habernos descubierto que no sólo es posible creer en nosotros mismos sino que, además, éste es el único camino para encontrarnos. Pero no creas que ha sido fácil. No. El siglo XX nos trajo, en sus primeros años, el éxodo. La emigración. La búsqueda de nuevas tierras en las que despabilar la necesidad y lograr los medios necesarios para retornar y construir una Galicia que se apoyase en el desarrollo para, entre otras cosas, transformar los puertos en verdaderos motores de riqueza y no en puntos de despedida en los que las familias se desgajaban ahogadas por ese llanto que, un gran fotógrafo llamado Manuel Ferrol, recogió en una gris fotografía, teñida ya de sepia por el paso del tiempo, que de seguro también te helará el corazón y que tu realidad, espero, te hará muy difícil su comprensión. Aunque, la emigración, sometida también a la implacable ley de la cara y la cruz, contó con la parte positiva de despertar los más nobles sentimientos de solidaridad, canalizados a través de los centros gallegos, el amor por la tierra contemplada en la distancia y azuzada por ese sentimiento tan nuestros como es la saudade y que Ramón Piñeiro tan magistralmente describió. Además, los retornados, cariñosamente llamados indianos, extendieron su solidaridad y amor por la tierra en la construcción de grandes obras y el fomento de centros educativos que, muchos, todavía perduran como auténticos símbolos de aquella Galicia que quiso ser. Una Galicia que se vio frustrada en sus anhelos, una y otra vez, por la fuerza de la intransigencia y la miopía de unos y otros, en definitiva, de aquellos que con la mirada puesta en el horizonte no eran capaces de ver más allá de su propio rueiro. Y la negra sombra de la emigración, en su parte negativa, volvió en los años sesenta, pero esta vez con destino a Europa. Una vez más las familias se separaban y los abuelos volvían a ajercer de padres con sus nietos. Sin embargo, Galicia caminaba ya con seguridad, convicción, a la búsqueda de esa verdad que identificará al siglo. Y es en su último cuarto cuando se produce su verdadero afianzamiento, reforzado o arraigado con firmeza en estas dos últimas décadas, en las que se han sentado las bases, construido los cimientos de esta Galicia moderna, plural, abierta al diálogo, que marca su destino y maneja el timón que le conduce a él. Una Galicia que ha dejado de ser emigrante para, con gran derroche de generosidad, ser acogedora de nuestros paisanos nacidos al otro lado del Atlántico o a los que, como nosotros en otros tiempos, buscan la solución a su necesidad. Una Galicia que encara el futuro con la serenidad y fortaleza que da el creer en uno mismo. Un futuro al que tú, amigo Ignacio, y la generación de gallegos que encabezas, deberéis construir, pues, parafraseando a Ortega, nuestra vida es ante todo encontrarse con el futuro. La verdad de tu amigo, y también nuestro nuevo siglo, está por construir. Pero confiemos en que sea sobre la base de la libertad, tolerancia y respeto, pues has de saber que, según algunos observadores de reconocido prestigio como Dahrendorf, Galbraith, Freidman y Drucker, la interrelación entre libertad y desarrollo es un hecho que nadie debería poner en duda, idea que se refuerza en un reciente estudio del programa de las Naciones Unidas (PNUD) en el que se demuesta que existe una gran correlación entre la libertad y el desarrollo humanos. Las generaciones de gallegos que te hemos precedido en el pasado siglo os legamos a los del siglo XXI la arcilla con la cual modelar vuestra verdad, aunque, como aseveraba Gropius: deseemos, imaginemos, creemos juntos la nueva construcción del futuro. Con mis mejores deseos.