NACIONALISMOS EN LA ENCRUCIJADA ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
09 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.De los diversos datos del último barómetro del CIS, el del descenso del nacionalismo es el que más llama la atención. La expectativa electoral de CiU y BNG cae respecto del verano y el PNV apenas consigue remontarla, pese a concentrar, casi seguro, muchos de los votos de HB. Y si a los partidos les va mal, a sus líderes tampoco les luce mucho el pelo: mientras que Aznar (5,44) y Zapatero (5,57) sobrepasan el mágico aprobado, los dirigentes nacionalistas están a la cola entre los que son objeto de consulta: Arzallus (1,68), Ibarretxe (2,7), Beiras (3,8) y Pujol (4) se instalan en un clarísimo suspenso. ¿Cómo explicar este cambio de tendencia? ¿Cómo que quien pasaba por ser el último grito en la política, vea constreñidas unas expectativas que parecían infrenables? ¿Qué ha ocurrido? Para los propios interesados es muy fácil: que a CiU, PNV y BNG ha acabado por afectarles la campaña arrolladora de demonización del nacionalismo democrático dirigida por el gobierno del PP. Según esta versión pro domo suo, aunque el nacionalismo democrático habría dejado claro su radical rechazo al terrorismo, no habría podido resistir el acoso combinado de ETA y de la partidista explotación de su barbarie. Aunque esta es una forma legítima de verlo, existen, claro, otras posibles. Cabría, por ejemplo, que el parón nacionalista fuera consecuencia, sobre todo, de la falta de claridad de su respuesta al problema de la articulación en España del poder territorial. Pues una cosa es condenar el terrorismo y otra muy distinta condenar los intentos de convertir la cuestión territorial en un motivo de ruptura de la convivencia de la que disfrutamos en España desde la restauración del sistema democrático. Cuando el PNV apuesta, ya sin disimulos, por convertir al País Vasco en un Estado independiente, confluyendo en su objetivo con el que ETA dice perseguir a golpe de pistola, puede que para una opinión pública mayoritariamente convencida de que el Estado debe mantenerse como tal, sin aventuras secesionistas susceptibles de poner en riesgo nuestra paz y libertad, puede -digo- que no sea suficiente con que el nacionalismo condene el terrorismo, si al tiempo no condena también sus objetivos. Puede, en fin, que la cuestión no sea la de la demonización del nacionalismo democrático, sino la de que éste ha resucitado de forma irresponsable nuestros más temidos demonios familiares.