XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
06 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Aunque parezca lo contrario, la política y la actualidad no siguen siempre los mismos derroteros. Y por eso se explica que, mientras los titulares siguen aferrados a Tania, Gómez de Liaño, el diálogo-trampa y el pacto-juguete contra ETA, nuestra política tenga su principal referencia en la cumbre de Niza, con una agenda impulsada por Chirac y Schröder. Lo que allí se juega es tanto como esto: la viabilidad de una Unión ampliada al Este; la gobernabilidad de una Europa que evidencia una vis política imparable; el principio de un proceso democratizador -todavía lejano- en el que los ciudadanos ganen peso sobre los Estados; y el fin de una visión ambigua de Europa que sigue contraponiendo el interés del Estado con la normativa de la Unión, como si todo el progreso naciese dentro y todas las complicaciones viniesen de fuera. ¿Y qué dicen de esto nuestros políticos?. En el Parlamento nada, porque allí sólo entran asuntos pasados de actualidad, que tengan el sello de la unanimidad pactada en los restaurantes, y que no rompan la idílica estupidez de nuestro debate político. ¿Y en la calle?. En términos generales resulta del todo imposible saber qué piensan sobre la cumbre de Niza los comunistas de Llamazares, los socialistas de Zapatero, los nacionalistas del Pacto de Barcelona y el partido gubernamental de Javier Arenas. Tampoco dicen nada los sabios oficiales como Pujol, Fraga, Bono, Rodríguez Ibarra, Zaplana o Chaves. Y, puestos a completar la procesión de os caladiños, tampoco recuerdo nada sólido dicho por Piqué o Cabanillas en nombre del Gobierno. El único que habla es Aznar, con un discurso que se articula sobre tres claves: una visión coyuntural del problema, que se relaciona con la estabilidad del euro y la confianza de los agentes económicos (?); una abstracta exhibición de firmeza -muy en su estilo- que promete una dura negociación en pro de los intereses de España (?); y una pose típica del listillo que va a colar en Niza dos cosas contradictorias: que somos una potencia a la hora de gobernar la UE, y que somos unos pobres diablos a la hora de repartir los fondos de cohesión. Por eso soy euro-optimista. Porque sé que las inercias de la UE no dependen de políticos de segunda. Y porque veo mis intereses reflejados -aunque sea a su modo- en las agendas políticas de Francia y Alemania, donde llevan muchos meses hablando de estas cosas.