JAVIER ARMESTO
03 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Las mociones de censura que se debatirán mañana y pasado en el Parlamento de Vitoria no tienen ninguna posibilidad de salir adelante: los votos de los diputados de PP y PSE, unidos a los del resto de partidos no nacionalistas, no suman la mayoría absoluta necesaria para que dichas iniciativas prosperen. Sin embargo, ello no quiere decir que estén condenadas al fracaso. Será la primera vez que un jefe del Ejecutivo vasco pase por una experiencia semejante. Juan José Ibarretxe ha conseguido, con menos de dos años en el cargo, hacerse acreedor de tan dudoso récord. Nadie como él ha llevado a niveles tan bajos el puesto de lehendakari. Ibarretxe tomó posesión diciendo que nunca gobernaría con quienes no condenasen la violencia; cien días después firmó un pacto de legislatura con EH. Tras la ruptura de la tregua y el primer asesinato de ETA, mantuvo el acuerdo con los abertzales. Después lo rompió definitivamente, pero siguió reuniéndose con ellos, hasta el pasado 11 de septiembre. Entonces había ya doce cadáveres sobre la mesa. No hace falta recordar los tristes sucesos de San Sebastián, cuando la Ertzaintza cargó contra un grupo de pacifistas que se oponían a una manifestación de radicales que iban por la calle gritando «ETA, mátalos». Ni la reciente ausencia del Gobierno vasco en una concentración por la paz, bajo el argumento de que, además del fin del terrorismo, defendía la Constitución y el Estatuto. Es precisamente este último incidente el que revela la posición que ha adoptado Ibarretxe durante su mandato: oposición a los textos legislativos _aprobados en su día por los vascos_ que legitiman su presencia al frente del Gobierno autónomo. Si no está de acuerdo con ellos, ¿por qué no dimite? Pero, aún aceptando dicha contradicción, su presencia en aquella manifestación estaba obligada porque significaba la forma de pensar de la mitad de los vascos. Con su ausencia, demostró que sólo es el lehendakari de los nacionalistas. Ninguno de sus predecesores, ni José Antonio Ardanza ni Carlos Garaikoetxea, estuvieron tan sometidos al PNV. Las mociones de censura no podrán derribarle, pero su figura ya está por los suelos.