UN ARGUMENTO

La Voz

OPINIÓN

LOIS BLANCO

06 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Dos lustros después de que Fraga le arrebatase a Laxe el sillón presidencial, el de Vilalba recupera de cuando en vez de la memoria la villanía que con él cometieron los socialistas en el 89 al convocar las autonómicas unos días antes de la cena de Nochebuena. A pesar de la elección de la fecha, el Tripartito se descompuso en las urnas. Si hubiera habido la premeditación y la alevosía que tanto se encargó de airear el candidato Fraga, el fracaso en la noche electoral de los entonces gobernantes habría sido doble. El ejercicio del oportunismo político para fijar una fecha electoral no le reportó beneficios ni siquiera a Felipe González en 1996. Cuando los gobernantes se atemorizan porque detectan que la sociedad quiere un cambio suele ser demasiado tarde y un mal remedio adelantar unas elecciones. Pero este no es el caso que, en teoría, se le presenta a Fraga. Los sondeos electorales más recientes, incluidos los que manejan partidos rivales, conceden ventaja a los populares. El debate que existe en el seno del PPdeG sobre la fecha electoral no se centra tanto en el presente como en el horizonte inmediato. Un horizonte que se esboza con el trazo de unos tipos de interés que continuarán repercutiendo negativamente en las hipotecas, con un precio del petróleo incontrolado y con algunas de las promesas más flamantes de la campaña de Aznar del pasado mes de marzo _rebaja de la renta o la retirada el IAE_ aparcadas. La euforia que desató la mayoría absoluta del PP se desinfló en los últimos meses en diferentes sectores por decisiones como las medidas liberalizadoras en el comercio. Con este panorama, los réditos de la inevitable asociación entre el Gobierno de Aznar y el de Fraga que realizaría una considerable proporción de votantes en las autonómicas amenazan con una tendencia a la baja en los próximos meses. Aunque la decisión sobre qué fecha es la idónea para Galicia para celebrar las elecciones le corresponde por ley a Fraga, cualquier adelanto requiriría de un argumento sólido que no se adivina.