LA LÓGICA DE UN ERROR

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

23 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Sin haber cumplido doce años, las Universidades de Vigo y A Coruña se han convertido en paraísos burocráticos clásicos y envejecidos, donde es posible hacer meteóricas carreras docentes a cambio de mantener las inercias del más rancio modelo universitario. Carentes del poso y del capital humano y científico que avala el funcionamiento de otras instituciones que miden su historia por siglos, nuestras dos jóvenes universidades tampoco supieron aprovechar la oportunidad que les brindaba su nacimiento ex novo, por lo que, en vez de poner proa a la modernidad y a las nuevas tecnologías, prefirieron lanzarse a una alocada carrera para competir entre sí mismas y para evitar que Santiago de Compostela siguiese funcionando como una Universidad de referencia. El resultado se puede resumir en pocas palabras: oferta curricular anticuada y con grandes solapamientos; graves carencias de titulaciones nuevas; una increíble fragmentación de ciertas titulaciones clásicas que dificulta el uso racional de los recursos y la necesaria competitividad con otras universidades; un parroquialismo exacerbado en la ubicación de centros e instalaciones que multiplica los costes y divide los resultados; un sistema de crecimiento que tiene mucho de piñata y casi nada de planificación, y un déficit de titulaciones de naturaleza técnica que, como ayer denunciaba este periódico, nos sitúa, una vez más, en los puestos de cola de España y de Europa. Las causas de esta situación hay que buscarlas en dos hechos bastante remotos. Uno que tiene mucho que ver con la propia comunidad universitaria, que no supo prever el crecimiento del sistema y optó por desparramar la Universidad de Santiago por todo el territorio, alimentando localismos, dividiendo recursos y sentando las bases para la reduplicación del modelo. Y otro que está referido al momento mismo de la transferencia, cuando la Xunta aceptó un decreto que, sin prever la creación de nuevas Universidades, obligaría a detraer de Santiago el fermento de las nuevas instituciones. Por eso puede decirse que lo que ahora está pasando es tan lógico como preocupante. Porque, en una sociedad globalizada, no sirven de nada las victorias en casa; porque las autoridades académicas están demostrando ser más localistas y onfalocéntricas que los políticos; y porque nadie parece preocupado por esas estadísticas que _sin prisa, pero sin pausa_ nos van relegando a la cola de todas las tablas.