EL «JEFE» NO SE RUBORIZA

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

22 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

De las varias cosas que la práctica continuada del poder hace perder a quien lo ejerce, el pudor no es de las menos importantes. Decía Victor Hugo que el pudor es la epidermis del alma y tenía toda la razón: los políticos que llevan muchos años en activo sufren poco a poco de un desamparo de su alma, cuya mejor manifestación suele ser la falta casi absoluta de pudor. ¡Pueden creérmelo! No he conocido a cientos de políticos, pero he tratado ya con unos cuantos a lo largo de mi vida: casi todos, aun los que más he respetado, me han solido sorprender por su impudicia, rayana a veces en la más descarnada desvergüenza. Son tan raros los políticos afectados por la presencia humanizadora del pudor, que no es extraño que aquel pueda llegar a ser considerado como un defecto por los propios ciudadanos, acostumbrados a contemplar un tipo de profesional de la política tan indecoroso como para ver en el impudor una virtud. ¿Cómo explicarse, si no, la ventaja de Bill Clinton sobre Al Gore? El ya candidato a presidente de la Unión americana es tan anómalo para lo que suele ser habitual, que un columnista del New York Times, James Bennet, explicaba tal anomalía de un modo sorprendente: «El principal problema de Gore es que en el fondo sospecha que ser político puede ser algo deshonroso». Seguro que a Francisco Cacharro tal posibilidad no le ha llegado, siquiera remotamente, a pasar por la cabeza en los más de veinte años que lleva ocupando cargos oficiales. Lejos de ello, me jugaría algo con ustedes a que Cacharro está firmemente persuadido, como lo estaba José Antonio de que ser español era el mayor honor que le cabía a un ser humano, de que la dedicación a la política produce en los administrados tan deslumbrante admiración, que los políticos pueden hacer lo que les pete. Por ejemplo, ocupar un escaño en el Senado desde el remoto año del señor de 1977 sin haber dado muestra alguna de dedicación a un cargo, el de senador, que al fin y al cabo ostentan aun no trescientos españoles. O también, reconocer, como Cacharro reconocía ayer en estas páginas, tras admitirse confortablemente designado por el término de el jefe, que deseaba continuar en la más alta de nuestras Cámaras «porque estoy allí desde 1977 y es un ambiente agradable». Era Mark Twain, creo recordar, quien afirmaba que el hombre era el único animal que se ruboriza... o que debería ruborizarse. ¡Sabio Mark Twain!