NORMALIDAD DEMOCRÁTICA

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

20 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

La gran ventaja de la política norteamericana es que los presidentes no pueden sacrificarse por su pueblo, que todos saben que van a la Casa Blanca porque quieren, y que, una vez cumplido su mandato, abandonan el poder por la misma puerta por la que entraron. Nada de especular sobre la posible fecha de las elecciones, que siempre se celebran _cada cuatro años_ el primer martes después del primer lunes de noviembre. Nada de hacer cábalas sobre los sucesores, que surgen de largos y complejos procesos de selección dentro de cada partido. Nada de jugarse todo a una carta, como si las elecciones fuesen un estorbo democrático que hay que liquidar en quince días, en vez de una fiesta de la libertad que se prolonga a placer durante muchos meses. Mientras nuestros políticos se sienten llamados a inmolar su vida en el altar del servicio público, los presidentes de los Estados Unidos no asumen más obligación que la de gobernar _bajo la atenta mirada del impeachment_ a la nación más poderosa del mundo. Y por eso no tienen tiempo para venderle a sus ciudadanos el favor de gobernarlos; ni para dar lecciones de ética basadas en el desprecio a los honores; ni para jugar al gato y al ratón con los que vienen detrás; ni para cautivar al partido en sus estrategias personales; ni para hacer que todo siga igual, año tras año, mientras creen oír el anónimo rumor del pueblo que les pide más entrega y sacrificio por la patria. Y lo más curioso es que esa elegante normalidad no depende de la existencia de personalidades providenciales que ven el mundo desde las atalayas de su excepcional inteligencia. La clave de esta conducta es un simple artículo de la Constitución que limita los mandatos y evita el riesgo de corrupción, sequía intelectual, formación de lobys y reiteración de errores que acechan detrás de un poder indefinido. Para Jefferson estaba muy claro que ningún político acumula ideas ni moral para más de ocho años. Y por eso inspiró esa sencilla forma de abandono del poder que ponen en práctica todos los presidentes americanos. Claro que el contexto político y legal español es diferente. Pero no por eso se justifica que, lo que tan normal resulta allí, sea tan raro aquí. Y así termino. Porque aún necesito dos líneas para llorar el nuevo crimen perpetrado por ETA. Injustamente. Impunemente. Con el ácido contrapunto de un discurso antiterrorista bizantino, monocorde, empalagoso e ineficaz.