El peso de la retribución laboral en el 2024 representó el 44 % del PIB autonómico, una décima más que en el 2023, pero 2,3 puntos porcentuales menos respecto al año 2020
09 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Existen tres formas de estimar el producto Interior Bruto de un país. Esquemáticamente serían las siguientes. La primera, que es la que más se utiliza, procede de la agregación de los componentes del gasto, consumo e inversión (ya sean públicos o privados) a los que se le añade el saldo comercial (exportaciones menos importaciones). La segunda forma de estimación se efectúa a través de los agregados de oferta; esto es, por la suma de los valores añadidos de los sectores primario, energético, construcción, industria y servicios (o sea, el valor bruto de la producción menos los consumos intermedios). Y, finalmente, el tercer método es el denominado estimación por medio de las rentas, que consiste en medir lo que suponen las sumas de las remuneraciones de los asalariados, el excedente bruto de explotación (esto es, los beneficios empresariales) y los impuestos netos (impuestos indirectos menos subvenciones). Pues bien, escudriñando esta última forma tendríamos que, en España, en los últimos años, desde 2021-2024, el porcentaje que suponen los beneficios empresariales crecen porcentualmente más deprisa que las remuneraciones de los asalariados, cambiando la anterior tendencia, la acontecida entre 2008-2021, en la que los crecimientos eran opuestos.
Así las cosas, en 2024, en Galicia el peso de los salarios representa el 44 % del PIB autonómico, siendo una décima más que en el año 2023; pero menos de 2,3 puntos porcentuales del obtenido en el 2020, año del indicador máximo obtenido en la última década. Lógicamente, más de la mitad corresponde a la suma de los beneficios empresariales (46,9 %) y de los impuestos netos (9,1 %), representando los primeros más que los salarios en el PIB gallego. En España, la tendencia es bastante similar pues su porcentaje asciende al 48,4 %, aumentando seis décimas respecto al año anterior y 1,4 puntos porcentuales menos que el récord logrado en el 2020.
Las razones de esta ponderación están fundamentadas en el comportamiento de los salarios y de los costes salariales. Procediendo a desmenuzarlo, tendríamos:
a) La remuneración de los asalariados registra en Galicia una evolución positiva (crece un 5,8 % en 2024 respecto al 2023); pero, es más moderada que el ritmo español y comunitario, donde sus crecimientos en el último ejercicio fueron un 7,7 % y un 6,2 % respectivamente. O sea, que Galicia muestra una ligera divergencia negativa respecto al promedio nacional y al europeo.
b) Lo mismo sucede con la remuneración por hora efectiva. En Galicia es 3,5 euros/hora inferior a la media española que, a su vez, es 2,5 euros más reducida que la comunitaria. Esto hace que la remuneración de la hora trabajada en Galicia sea 7 euros inferior al promedio comunitario, lo que significa que la remuneración por hora trabajada en Galicia es tres cuartas partes de la anotada en la Unión Europea.
c) Las diferencias de remuneraciones de Galicia con respecto a España y la UE van en aumento; y es generalizada en todos los sectores. Como ejemplos, para el año 2024, el peso de las remuneraciones de las actividades de servicios representa el 72 % del total en Galicia, el 78 % en España y el 75 % en la UE; en tanto que el peso que representan las remuneraciones en el sector primario en el total se sitúan en una ratio del 7,7 % en Galicia; un 6,8 % en España y un 5,6 % en la UE.
d) El coste laboral unitario real compara la evolución de la remuneración de los asalariados con la evolución de los precios y de la productividad por puesto de trabajo. De esta manera, toma un valor positivo cuando el crecimiento de la remuneración por asalariado es mayor que el crecimiento de la productividad y de los precios. En este caso, los datos de Galicia expresan una ratio negativa desde 2021, que contrasta con los cambios de tendencia registrados en España y en la Unión Europea a mitad del período 2021-2024, que pasan a ser positivos.
e) El coste total neto por persona trabajada en Galicia fue en 2024 de 33.641 €, significando un aumento del 5,4 % respecto al año anterior, Dicho aumento fue mayor que el promedio nacional (3,9 %); pero en cantidades brutas todavía no se llega a la media española que ascendió en 37.308 euros. Este índice sitúa a Galicia en el puesto décimo de las comunidades autónomas, muy por debajo del registrado en Madrid (44.458 €); País Vasco (42.434 €); Navarra (40.459 €) y Cataluña (40.159 €), que son quienes encabezan el ránking.
Beneficios empresariales
En suma, los costes laborales mantienen una subida progresiva impulsados por el incremento de los salarios mínimos y las cotizaciones sociales. Pero no es menos cierto que el excedente bruto de explotación; o sea, los beneficios empresariales, aumentaron notablemente en los últimos años. De ahí que mirando su contribución al PIB no sería descabellado procurar una mejor distribución de ambas magnitudes.
Dicho de otro modo, si el PIB crece por los aumentos de los gastos, consumos y de las inversiones se podría llegar a equilibrar el peso que representa la remuneración de los asalariados y el excedente bruto de explotación. Un aumento de los salarios contribuiría a impulsar la propensión marginal al consumo, activando el multiplicador keynesiano y con ello redundando en un incremento de la renta del país. De igual forma, una mejor optimización de las inversiones empresariales también activaría las incitaciones a invertir, aprovechando los costes de oportunidad, aportando asimismo un impulso al crecimiento del PIB.
De ahí que no es ninguna tontería proceder a una mejora salarial, ahora que la economía lo permite, y con ello reducir nuestro diferencial de renta con los promedios comunitarios y aminorando nuestra senda de divergencia con las mencionadas ratios sectoriales. Porque, si hay algo claro en la dinámica económica del crecimiento, como lo acaba de plasmar el reciente premio Nobel Philippe Aghion es que para que exista un crecimiento dinámico sostenible es preciso no caer en la trampa de la renta media; es decir, quedar atrasado y estancado en los estándares de vida y fracasando al entrar en el grupo de los países avanzados.