Del ciclo vital al ciclo de la familia

IVONNE POUSA Y HUGO FERNÁNDEZ FAMILY BANKERS DE BANCO MEDIOLANUM

MERCADOS

JOSE PARDO

26 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Dice la sabiduría popular que «lo que haces por ti perdura una vida, y lo que haces por los demás perdura para siempre». Se refiere este dicho a que lo realmente perdurable es lo que se deja al resto de las personas. Ese patrimonio que se transmite a otros y que estaría conformado por los recuerdos, el conocimiento y los valores que dejarán impronta en los que nos rodean, pero también por ese otro legado material que una mayoría de las personas quiere legar a los seres queridos para ayudarles a construir su futuro.

Especialmente en el caso de los padres, el aseguramiento de una herencia económica para los hijos forma parte de los objetivos financieros de futuro para una gran parte de las familias. Es decir, para muchos ciudadanos el largo plazo no tiene como meta únicamente la jubilación, sino que va más allá de su propia vida.

Por lo tanto, en este caso, el ciclo financiero superaría al propio ciclo vital del ahorrador, y el objetivo que se quiere conseguir se encontraría más allá y tendría como finalidad favorecer a los descendientes. Las necesidades financieras no terminarían, en definitiva, con uno mismo, sino que trascenderían y se convertirían en el legado que se deja a la siguiente generación y, si es posible, a las sucesivas.

Y esta filosofía vital resulta fundamental para entender la mejor manera de planificar esos ahorros con el fin de conseguir realmente ese objetivo final, el que se constituiría en legado económico. Cuando se llega a cierta edad, el ahorrador habitual suele dejar su dinero sobrante en una cuenta corriente o, como mucho, en un fondo de renta fija a corto plazo que apenas rinde. Lo hace llevado por la idea de que su ciclo financiero ha terminado, que sus objetivos financieros ya están conseguidos. Es decir, para entonces los hijos tienen sus vidas, su autonomía, y es posible que no haya créditos ni hipotecas pendientes. Todo está aparentemente resuelto desde un punto de vista económico. Y, en consecuencia, ya no hay que poner a trabajar esos ahorros.

Está bien ser cauto y conservador con el dinero en esta etapa, pero no cuando lo que se pretende es dejar un remanente de tranquilidad (al menos, financiera) a los herederos. Si marcamos en el horizonte ese nuevo objetivo con el nombre de legado, se vuelve a recuperar el pulso inversor y a enfocar de nuevo el ahorro desde el punto de vista de la planificación y la inversión con las mejores herramientas para conseguir la meta planteada. La diferencia es importante: se pasa de abandonar el ahorro en una cuenta a ponerlo a trabajar de nuevo.

El ejemplo más claro para entender esos objetivos financieros que trascienden al ciclo vital del ahorrador sería el de los abuelos que ponen en marcha herramientas de ahorro a sus nietos para ayudarles cuando vayan a la universidad. En este caso, siguen funcionando después de su fallecimiento y hasta que los beneficiarios cumplan la mayoría de edad y puedan disponer de ese montante para sus estudios. Pero este plan no debe estar «durmiendo» en el banco, sino activo en una solución de inversión que permita que esa hucha crezca por el efecto del interés compuesto, que hace que el capital aumente de forma consistente con el paso del tiempo.

Porque… ¿qué habría pasado si los abuelos hubieran dejado el dinero en una cuenta corriente?, ¿cuánto habrían recibido los nietos si no se hubiera capitalizado y se hubiera visto afectado por la inflación?, ¿habrían conseguido el objetivo de ayudar de verdad a sus nietos en su acceso a la universidad? Las respuestas serían que difícilmente en el largo plazo se puede mantener el poder adquisitivo de un ahorro inmovilizado, por lo que el valor del dinero que recibirían los herederos sería incluso inferior al que tenía originalmente.

Por lo tanto, en estos casos se debe tener una orientación a futuro que pasa por poner el dinero a crecer con una visión de largo plazo. Si se tiene en cuenta ese período financiero, que puede suponer 20 años invirtiendo, y se planifica la inversión a través de herramientas que superen la inflación, entonces el resultado sí permitiría afirmar que se han conseguido los objetivos planteados.

En este sentido, los fondos de inversión podrían ser uno de los vehículos más adecuados porque, además de beneficiarse del efecto multiplicador del interés compuesto a largo plazo, tienen ventajas fiscales que los hacen más interesantes para la consecución del objetivo. Cuando un hijo hereda el dinero invertido en esta herramienta de ahorro, no tendrá que pagar impuestos en la renta por las ganancias obtenidas, pues entrarían dentro de la masa hereditaria y del patrimonio total recibido.

En resumen, los objetivos financieros no siempre están incorporados dentro de la línea de vida del ahorrador, sino dentro de la línea de vida de otras personas a las que quieres y a las que te gustaría dejar un legado económico. Por lo tanto, cuando hablamos de que la planificación está relacionada con el ciclo financiero de vida de un ahorrador, no siempre se trata del ciclo de vida del actuante, sino que en ocasiones trasciende a él y pasamos a hablar de un concepto como es el ciclo financiero de la familia en su más amplio sentido, en el que, por tanto, se tiene en cuenta también a los futuros herederos de esas inversiones. En cualquier caso, contar con un asesor financiero de confianza, que te acompañe durante todo el ciclo de vida, que te conozca y dé seguimiento al plan, es primordial para afianzar con tranquilidad tu futuro… Y el de los tuyos.