Algunas imágenes del colapso inmobiliario chino nos devuelven a aquella España del 2008 y a todo lo que vino después, con miles y miles de adosados y de edificios que se quedaron a medio hacer, como cadáveres en una cuneta. Todavía quedan por ahí esqueletos esparcidos con sus huesos de ladrillo rojo. Algunos revivieron, como Seseña, aquella urbanización fantasma en medio de un secarral, a 40 kilómetros al sur de Madrid, símbolo del estallido de la burbuja. Nuestra fiesta del hormigón salió carísima, por eso la versión china del pinchazo inmobiliario, una especie de Seseña XXL que se reproduce por todo el país, tiene en vilo a los analistas, que tratan de dilucidar qué sucederá si —como todo apunta— el sector acaba desmoronándose por completo. Una actividad que explica el desmesurado crecimiento chino, cuyo modelo consiste en hacinar mano de obra en mastodontes de minúsculas ventanas. Edificios que parecen colmenas o palomares, deshumanizados, en lo que podría definirse como el modelo de desarrollo insostenible. A nivel interno, los efectos económicos de esta hecatombe en ciernes son difícilmente precisables, porque el sistema financiero chino es una gran caja negra y porque se desconoce hasta dónde puede llegar el Estado: hay millones de pisos vacíos y sin dueño, casas pagadas y sin entregar, miles de promotores arruinados y algunas quiebras sonadas, como la de Evergrande, a lo que se suman las pérdidas del gigante inmobiliario Coventry Garden, algo más de 6.000 millones en el primer semestre del año. Aunque algunos anticiparon un efecto similar al de la caída de Lehman Brothers, la posibilidad de una crisis en el sistema financiero internacional es remota, básicamente porque China opera como acreedor externo. Sin embargo, el gigante asiático aporta casi la cuarta parte del crecimiento mundial, y un shock en su economía podría tener efectos indeseados en un contexto ya adverso de por sí. Por ejemplo, que la ansiada bajada de tipos se retrasase por la persistencia de la inflación.