Recesión pandémica de la economía

La incertidumbre se ha convertido en la fiel aliada de la crisis sanitaria que tensiona los mercados mundiales. La pandemia ha desembocado en una desestabilización que en nada se asemeja a crisis precedentes


Cuando estalla una burbuja especulativa, la vuelta a la senda convencional de crecimiento es segura, más allá de los destrozos que aquella haya provocado, y también es predecible, basándonos en otras experiencias más o menos similares, en el pasado. Pero una recesión de tipo pandémico, no clásica, radicalmente diferente de las de la deuda o la antes citada, de subprimes, es impredecible en su evolución, la tierra prometida llegará de la mano de una vacuna o de un tratamiento eficaz, mientras la gente está ansiosa de vivir como vivía, dando testimonio diario de irresponsables transgresiones a las normas dictadas por las autoridades sanitarias. Los pronósticos sobre la caída del PIB, por tanto, son muy imprecisos, pero solo en cuanto al porcentaje, no respecto a la tendencia, que sea cual sea el sector, en general, es catastrófica. Los países, como España, que han ido dejando para más adelante, más bien sine die, la diversificación de su estructura productiva y su incorporación en serio a la sociedad tecnológica, padecerán este shoc asimétrico como una maldición bíblica.

La crisis actual tiene otra característica particular que la diferencia de sus antecesoras: es de oferta y de demanda. Esto no es para nada habitual, pero las instituciones -gobiernos, BCE, UE- no pueden permanecer como meros espectadores y no lo han hecho, cada uno con su ritmo y en el caso de Europa, llegando trabajosamente a acuerdos inéditos en su historia, como es el que permitirá un relanzamiento muy necesario, sobre todo para los países del sur. No es menos cierto que ha costado acaloradas discusiones entre los presidentes y primer ministros de la UE hasta alcanzar un acuerdo. Precisamente, fruto de ese entendimiento, Bruselas acaba de autorizar los primeros pagos, en forma de créditos, que recibirán los países. España, entre los principales damnificados por la crisis sanitaria.

Fantasmas

Pero, además, la pandemia ha hiperactivado un fantasma más que peligroso para la economía: la incertidumbre, ante la cual los gobiernos, dada la naturaleza de la crisis, tienen dificultades extremas para reducirla.

Desgraciadamente, lo que nos dice la realidad de estas últimas semanas es que los llamados rebrotes se multiplican, lo que implica un probable recrudecimiento de las normas de distanciamiento social, una movilidad otra vez relativamente restringida y, por tanto, otro empuje al teletrabajo, lo digital y la robotización. Mientras, los sistemas fiscales van a ser sometidos a presión más o menos creciente, según la ideología de los gobiernos, pero con riesgo de secar el limonero de tanto exprimir los limones, sea en forma de rentas individuales o societarias, o de consumo. La mejor distribución de la carga tributaria es más urgente que nunca. El seguro de pertenecer a la Unión Europea se va a mostrar muy pertinente, para sortear aventurerismos políticos, de fácil aparición en el fértil terreno del pesimismo social.

Visto lo visto, se impone una coordinación de políticas públicas entre gobiernos, con el objetivo primordial de sostener a las empresas con visos de viabilidad, evitando la desaparición del aparato productivo, así como al consumo.

No olvidemos que, dadas las características de una recesión tan brutal, las economías domésticas se agarrarán al motivo precaución para retardar sus gastos no esenciales, incluso en presencia de ciertos embalses de liquidez.

Evitar el protecionismo

¿Y qué decir de algunas posturas patrióticas de gobernantes supuestamente europeístas e incluso mundialistas, para retornar a rancios proteccionismos? Lo escribía Montesquieu allá por 1748: «el comercio cura los prejuicios destructores», claro que un comercio equilibrado y con normas. Quizá se trate solo de un precaucionismo, en expresión de Pascal Lamy, antiguo director de la Organización Mundial del Comercio. La apertura sostenida a los intercambios internacionales ofrecen ventajas en forma de economías de escala y de especialización, y su restricción afectará con más virulencia a los países en vías de desarrollo, lo que incrementará la pobreza. Esperemos, pues, que la tendencia no se consolide y se revierta en el medio plazo. Y esto no tiene nada que ver, más que aparentemente, con la participación de los gobiernos en el capital de ciertas empresas, consideradas campeonas nacionales, que habrá de ser parcial y temporal.

Los costes de las políticas apropiadas, es decir, pertinentes y sin elevados sufrimientos sociales, pasan por aguantar un endeudamiento creciente, que puede asustar, sobre todo en países -como España- con un peso abultado de la misma. Pero los intereses son bajísimos y los refinanciamientos se llevan a cabo sin grandes dramatismos. Por otra parte, si conseguimos cebar la bomba del crecimiento, el ratio deuda/PIB se reducirá.

Los problemas de siempre

Creemos sinceramente que no hay alternativa y el tiempo apremia. Lo decía Mark Twain:«Ellos no sabían que era imposible y entonces lo han hecho». Y a aguardar que una vacuna eficaz y segura nos devuelva a los problemas de siempre, aquellos que nos parecían irresolubles. Todavía no teníamos ni idea de lo que se avecinaba, ahora ya lo sabemos y la responsabilidad de superarlo recae en los Estados, pero no solo, también es nuestra.

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