La recesión en la que la economía internacional se ha internado dejará algunos registros históricos. En primer lugar, por su profundidad: la suspensión de la actividad durante los meses de confinamiento ha traído caídas del PIB superiores al 20 % en muchos países, y según la mayoría de las predicciones el conjunto mundial retrocederá más de un 5 % en 2020. En segundo lugar, por su carácter sincronizado; este es el momento en el que, desde 1870, más economías retroceden al mismo tiempo. Ya a mediados de abril, más de 90 países habían pedido asistencia extraordinaria al FMI por causa del coronavirus. Pero, en tercer lugar, esta crisis también podría ser excepcional por lo relativamente breve: los cálculos apuntan a que el nivel previo de PIB se habrá recuperado en la mayoría de los países antes de dos años, algo que en anteriores recesiones -sobre todo en la de hace una década- raramente ocurrió. La recuperación en flecha a partir de este invierno -en el caso de que no haya nuevas oleadas de contagio- también podría ser del todo inusual.

Para situar correctamente lo que nos está pasando conviene dejar claro que la situación que la economía global vivía cuando irrumpió el covid-19 ya era bastante anómala y renqueante; a finales de 2019, la OCDE alertaba sobre una perspectiva de estancamiento de cara a los próximos años. La debilidad productiva y las crecientes tensiones comerciales dibujaban un paisaje polo halagüeño. Es decir, nos internamos en una nueva e intensa contracción… cuando aún no habíamos digerido las consecuencias de la anterior.

En un notable estudio reciente del Banco Mundial (M.A. Kose y otros, «Global Recessions», marzo 2020) se comparan las cuatro recesiones globales de los últimos setenta años, las de 1975, 1982, 1991 y 2009. Alcanzan los autores conclusiones de gran valor, sobre todo porque permiten ubicar mejor la dimensión histórica que tuvo la Gran Recesión del último decenio. Tres de ellas -relativas a la forma en que tuvo lugar la reactivación- tienen particular interés. La primera es que vista en su totalidad la última recuperación es semejante a las tres anteriores, pero si se excluyen los dos primeros años, entonces se observa que ha sido la más débil en más de medio siglo en lo relativo a PIB, producción industrial, inversión y comercio mundial. La segunda conclusión es que si en los casos precedentes los países desarrollados contribuyeron a más del 75 % de la recuperación del crecimiento, a partir de 2010 ese porcentaje se quedó en un 35 %, lo que indica que en la composición de la economía global algo importante había mudado.

Y ya en tercer lugar, nunca en las recesiones anteriores había sido necesario revisar tantas veces a la baja las predicciones de crecimiento, tanto a corto como a largo plazo: a partir de 2009 más de la mitad de los países experimentaron esas rebajas. Por eso, su proyección a escala mundial sufrió visibles empeoramientos.

Los autores estiman que la tasa de crecimiento potencial global habría mantenido una tendencia decreciente, de en torno a un 1 %, respecto a la década precedente. Cabe concluir que, aunque en el plano formal la economía estaba ya en 2019 enteramente recobrada del colapso anterior, esa recuperación tuvo mucho de anémica e incompleta. Visto desde ahora, el problema es que la «vuelta a la normalidad» podría parecerse mucho a eso.

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