«Nein, nein, nein»

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Hace unos años, en lo peor de la crisis de deuda soberana, una palabra repetida retumbaba en todos los foros europeos donde había que tomar decisiones importantes, ante la amenaza de que todo el edificio de la integración económica y monetaria se viniera abajo: «Nein, nein, nein» (no, no y no).

Quien más la repetía ante cualquier propuesta de salida mancomunada del escenario del pánico financiero era la canciller alemana, quien, si bien en otros momentos y otros ámbitos de su gestión se hizo acreedora de un aprecio bastante general, por entonces fue la cara más visible de la insolidaridad de los países del norte de Europa ante unos gravísimos problemas que se manifestaban sobre todo en el sur.

De aquel drama salimos únicamente por la decidida y muy heterodoxa acción del BCE (al que la parte alemana intentó bloquear por todos los medios, incluso recurriendo al Tribunal Constitucional de su país). Luego vinieron años más tranquilos, en los que algunos líderes, como Emmanuel Macron, intentaron aprovechar el contexto de relativa recuperación para proponer reformas en la UEM que evitaran que se volvieran a vivir momentos de total incertidumbre si retornaba la recesión.

Esas propuestas iban en la línea de completar la unión monetaria con elementos que fueron olvidados en el momento de su constitución: completar la unión bancaria, extender el ámbito de una política fiscal común y llevar al plano europeo algunas instancias y mecanismos que funcionan a escala de cada país. Destacaba ahí la idea de los eurobonos, entendida no como una asunción de todas las deudas nacionales por parte del club del euro sino, de un modo mucho más moderado, solo una parte bien especificada de ellas. Aquí las respuestas fueron menos contundentes, pero el resultado fue el mismo: apenas nos hemos movido del statu quo inicial.

Y hay que decir que muchas de aquellas propuestas eran apoyadas por algunas de las principales instancias de poder europeo, como los presidentes del Parlamento y la Comisión. Pero ni aún así se consiguió vencer la negativa de la nueva liga hanseática.

Y así hemos llegado a la actual situación de colapso, en la que si hay algo claro es que si cada país europeo actúa solo ante el gran golpe económico que viene, todos y cada uno saldrá muy perjudicado. Porque los países del sur tienen sobre todo un gran problema de exceso de deuda, y ahora ese punto es crítico, pues los grandes programas de acción pública que se deben poner en marcha tienen un enorme potencial de desordenar las cuentas públicas. Pero los países del norte encaran su propio y difícil desafío: sus economías dependen absolutamente de la exportación, sobre todo al resto de Europa (en el caso de Holanda más del 40 % de su PIB), por lo que están muy expuestas a los efectos de un shock externo. Y sin embargo, las respuestas que hemos oído hasta ahora por parte de ese grupo de países van en la dirección de negar cualquier mecanismo de mutualización de deudas (como los ya famosos coronabonos, dirigidos a financiar en común los programas extraordinarios que ahora entren en vigor) y limitar los programas conjuntos de estímulo.

Sin embargo, por lo ya expuesto, a los países del sur les quedan importantes bazas negociadoras. Si la idea de emitir coronobonos no avanza, quedan otras dos alternativas: utilizar masivamente el MEDE, eliminando sus mecanismos de condicionalidad, que tan pernicioso efecto tuvieron durante la crisis financiera; o dejarlo todo en manos del BCE, que entonces debiera abrir la barra libre de compra de bonos de todos los Estados miembros. ¿Y si ninguna de esas fórmulas fuera aceptada?

¿Y si persistiera el «nein, nein, nein»? Entonces habría que ir pensando que una desintegración de la eurozona puede ser más que pura retórica.

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