Pagar para estar en la playa

En muchas zonas turísticas de la península apenas quedan espacios para el acceso libre a los arenales. El negocio genera unos dividendos de 15.000 millones de euros anuales


 Ir a la playa con la sombrilla y pincharla en un buen sitio es algo casi imposible en Italia donde cada vez hay menos arenales libres. Además del habitual chiringuito, en las playas puede haber cabinas privadas, piscina, restaurante y discoteca, junto con las sombrillas y las tumbonas de alquiler. Son los llamados stabilimenti que ocupan el 42 % de los arenales y son más de 50.000 en toda la península.

La costumbre de las playas urbanizadas está tan difundida que en algunas regiones como en Liguria, llegan al 69,8 %, o al 67,7 % de Campania. Una de las localidades balnearias en las que más difícil resulta encontrar una playa libre es Rímini, donde el 90 % de los arenales está ocupado por filas de sombrillas de pago con sus concesiones en las que no falta el disc jockey o los juegos para entretener a los más pequeños mientras los padres disfrutan de un sprizt al borde del agua. Peor lo tienen los visitantes de la elegante Forte dei Marmi, en la Toscana, una de las localidades más caras del veraneo italiano. Allí las playas ocupadas llegan al 93,7 %, mientras que en Alassio (Liguria), de los 7 kilómetros de litoral, en 6 de ellos se concentran 95 establecimientos balnearios.

Esta ocupación del suelo público ha ocasionado las protestas de diversas asociaciones de consumidores, así como de la organización ecologista Legambiente, que denuncia el abuso del cemento y la restricción de las áreas de baño libres a las peores zonas de las playas, ya que terminan situadas cerca de las desembocaduras de ríos o limitadas por enormes muros como ocurre en el arenal romano de Ostia.

Italia es el único país de Europa en el que no hay establecido el porcentaje máximo de playas en concesión y solo algunas regiones han definido espacio obligatorio a los arenales libres. Es el caso de Puglia, donde el 60 % de los arenales es abierto al público. Legambiente además ha denunciado que el erario italiano saca poco provecho de lo que es un gran negocio ya que, según datos del 2016, el Estado tan solo ha recaudado 103 millones de euros de lo que se calcula genera un negocio que sobrepasa los 15.000 millones de euros, de los que 2.000 millones circulan ajenos a cualquier fiscalidad. Basta saber que Flavio Briatore, gestor del local más caro de Italia, el Twiga en Marina de Pietrasanta (Luca), en el que se llega a pagar hasta mil euros al día por 2 camas marroquís, una mesa y 4 tumbonas, paga un canon anual de tan solo 17.169 euros por utilizar la playa. Eso sí, sus clientes pueden también disfrutar de una piscina de agua de mar en uno de los lugares más selectos, aunque no más bellos, de la costa italiana. De todas formas, el gasto medio de una jornada en el mar es mucho más asequible, ya que se mantiene en torno a los 26 euros por persona.

El caso de las concesiones a largo término y su renovación automática ha sido puesto en entre dicho por la directiva Bolkestein del 2006 de la Unión Europea, que limita el tiempo de las concesiones y establece la obligación de la licitación pública. Hasta ahora, los gobiernos italianos han hecho caso omiso a las recomendaciones de Europa. El último ha sido el actual Ejecutivo de coalición entre el Movimiento 4 Estrellas y la Liga, que ha prorrogado hasta el 2034 las concesiones que caducaban en 2020.

Frente a quien sostiene que los stabilimenti crean puestos de trabajo en el sector turístico, otros ciudadanos protestan por lo que consideran una privatización del litoral y por ello varias asociaciones han mandado advertencias legales a algunos ayuntamientos como Rímini o Roma por Ostia Lido.

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