Desde la transversalidad hacia la excelencia


Toda desindustrialización forma parte de un proceso de la economía de mercado, en el que el modelo keynesiano de producción progresivamente comienza a caer en crisis para, posteriormente, poner en evidencia un cambio estructural hacia una nueva economía. La industria gallega, junto a las producciones tradicionales (agroindustria, mar y alimentación), acogió los sectores de vanguardia de la moderna industrialización (siderurgia, automoción, química, textil) que a lo largo de los años han sufrido y seguirán sufriendo procesos evolutivos de reajuste. Ante este reacondicionamiento inevitable en todas las regiones industrializadas, se impone una reflexión en el tiempo sobre los fundamentos que se pueden emplear para garantizar el futuro desarrollo económico y social de Galicia basado en un modelo competitivo.

Partiendo de la base de que toda actividad industrial tiene un ciclo de vida, la desaparición de ciertos procesos productivos forma parte de la evolución de un tejido, siempre que la muerte de esa actividad esté acompañada por el nacimiento del siguiente escalafón industrial. Lo ejemplifica bien lo ocurrido en la industria de la automoción. En la primera década de este siglo vimos cómo desaparecían la actividad de cableado hacia países de mano de obra intensiva, al tiempo que iban llegando nuevos proveedores de componentes más avanzados, de sistemas de climatización o ejes, que no teníamos.

Cuando no es así, cuando desaparece una actividad industrial y no hay relevo para ella, es cuando debemos de encender las alarmas, y además de la autopsia, es necesario hacer un análisis forense. El retex (retorno de la experiencia) es un instrumento de gran valor, que utilizamos con muy poca frecuencia.

Esto nos permite además trabajar con perspectiva. Porque una de nuestras mayores debilidades es el cortoplacismo. Trabajamos para ayer, sin margen de maniobra. Un ejemplo claro lo estamos viendo en la Red Europea de Transporte. El mapa del trazado de puertos y trenes incluidos en esa red tiene un enorme borrón blanco sobre el norte de España y Galicia del que solo se salva Bilbao. Ahora se encienden todas las alarmas, cuando ese mapa está hecho desde el año 2010.

Falta perspectiva, que permitiría reaccionar a tiempo. Pero también falta transversalidad entre los diferentes actores de nuestra economía. Los modelos de cooperación empresarial (a partir de la tipología de clúster acuñado por Michel Porter) representan un importante eje para nuestra mejora competitiva. Sumar visiones e inquietudes, intercambiar experiencias de una manera transversal entre sectores que apuestan por el bench (búsqueda de modelos de excelencia) es una herramienta de competitividad de las más potentes.

Esa transversalidad, articulada de la forma conveniente, es otro potente motor de desarrollo industrial y de conocimiento. No tenemos más que fijarnos en el vecino País Vasco que, a través de ese modelo, hoy trabaja en red con las principales ciudades europeas y con los principales clústeres mundiales.

Por último, no puedo dejar de recordar la importancia que tiene para una economía industrializada lo que tradicionalmente hemos venido llamando la «triple hélice», que es otro modelo de cooperación y transferencia de conocimiento que creo que hemos dejado un poco de lado. Se basa en que universidad, empresa y gobiernos deben coordinar sus actuaciones para crear riqueza, en vez de trabajar de forma independiente.

Buscar puntos de encuentro entre empresas y centros de conocimiento, establecer sinergias, trabajar en red y con anticipación son estrategias de competitividad que minimizan el impacto de cualquier intento de desindustrialización. Porque ninguna industria se cierra de la noche a la mañana, y porque los problemas se ven venir, tenemos armas a nuestro alcance para enfrentarnos a ellos.

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