Una locomotora averiada


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Finalmente, una noticia económica muy temida durante las últimas semanas -Alemania entra en recesión- no se ha producido: desde un punto de vista técnico, una situación de recesión se produce cuando se suceden dos trimestres de crecimiento negativo del PIB. En el caso de Alemania, el crecimiento cero del último trimestre lo ha evitado por los pelos. Pero no hay duda de que la economía germana, verdadera locomotora europea, se está desacelerando a marchas forzadas. Y lo hace después de una década en la que, a diferencia de casi todo resto del continente, y pese al deprimente clima general, consiguió mantener unos ritmos productivos envidiables. Su poderosa industria y su condición de tercera potencia exportadora mundial de bienes y servicios fueron determinantes de ese éxito indiscutible. Algo que, además, ha sido importante para el conjunto de Europa, por darse en el país que representa con diferencia el mayor mercado en el conjunto de la Unión.

Pero todo eso parece estar cambiando. El tan anunciado retroceso del comercio mundial, con posibles guerras comerciales a la puerta, está empezando a producir sus primeros y funestos resultados tangibles. Y el gran cliente de la industria alemana, China, sufre una caída real en su tasa de actividad que parece estar impactando ya de un modo significativo a las exportaciones germanas: su reducción en un 4,5 % en el pasado mes de diciembre es un dato muy revelador.

Las dificultades con las exportaciones hacen que la producción industrial esté comenzando a caer también; en las últimas semanas del pasado año se redujo en un 2 %, una cifra significativa, sobre todo si se recuerda que en el 2017 crecía a tasas del 6 %. Sectores como la industria química o la farmacéutica tienen mucho que ver con ese mal dato. Pero es sin duda la producción de automóviles la que provoca mayor desazón, pues a partir del verano su comportamiento ha sido pésimo. La preocupación se extiende, sobre todo, por el hecho de que en ese sector las cadenas globales de valor juegan un papel capital. ¿Estaremos ante un signo de que la ruptura de esas cadenas, provocada por estrategias proteccionistas agresivas, va ahora en serio? De ser así, estaríamos ante un asunto muy espinoso.

Ese contexto económico mediocre se da, por lo demás, en unas circunstancias de creciente incertidumbre política, lo que tampoco ayuda. Todo lo cual se traduce en un deterioro de las expectativas: las de las empresas -que mide el índice de confianza IFO- son ahora mismo negativas, por primera vez desde el 2012. ¿Estamos ante una tendencia profunda que va a más, o por el contrario, solo se trata de una pausa en la línea de crecimiento? La relativa fortaleza de la demanda interna -sostenida sobre unos salarios ahora al alza y, por primera vez en bastante tiempo, una cierta relajación fiscal- parece apuntar en la segunda dirección. Pero empieza a haber dudas sobre algunos sectores industriales (como la automoción), que podrían estar perdiendo el paso de la innovación y entrando en una cierta obsolescencia. Además, si la caída del comercio continúa y se hace más pronunciada, será la alemana una de las economías que más directamente lo acusen.

En los próximos meses conoceremos la respuesta al interrogante anterior, que origina dosis importantes de inquietud en el conjunto de Europa. En todo caso, habrá que estar atentos a la reacción que ante todo ello pueda tener el BCE, pues no sería raro que, de persistir aquellas señales de debilidad, decida posponer una vez más el cambio de dirección de su política monetaria; después de todo, hablamos de Alemania, que no es cualquiera a la hora de elegir las estrategias del banco de Fráncfort.

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