La elección


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Desde los maestros griegos hasta hace bien poco, siempre ha preocupado la felicidad. Era uno de los temas que le quitaban el sueño a Aristóteles, ya que, a su vez, era una de las preocupaciones de la élite griega. Hoy, sin embargo, hay otra máxima. Si usted no es feliz es porque es estúpido. ¿No la tiene? Cómprela. ¿No le llega el dinero? Se la financiamos. A los economistas, sin embargo, estas cuestiones siempre nos han importado bien poco. Quizás este es uno de los temas en que hemos mostrado más humildad. Que cada uno se busque la vida. Solo ha de preocuparnos una cosa, la capacidad de elección. Y, de hecho, este es un tema que nos obsesionó en el siglo XIX y nos sigue obsesionando. Fue la primera consecuencia de abandonar el campo de la filosofía moral, espacio en el que morábamos desde los tiempos de Alberto Magno, padre académico de Tomás de Aquino.

La pobreza nos llevó a pensar que éramos iguales o, en todo caso, parecidos. Pero, un vienés, Carl Menger, antiguo tutor del hijo malcriado de Sisi Emperatriz, aburrido de la Corte de Francisco José y reconvertido en académico, lo explicó de modo muy acertado. En Australia, los aborígenes, afirmaba, consumen prácticamente todos lo mismo, si quisiéramos darles algo, sabríamos perfectamente lo qué. Llegan a donde llega su conjunto de elección, alguien de la calle diría, a donde llega su capacidad de compra. Y en la medida en que esta crece, buscan nuevos espacios de consumo. Opinará que para realizar esta afirmación no hay que ser ningún genio, y tiene razón, porque el argumento disruptivo es otro. Bajo una pequeña observación, podrá predecir el comportamiento del aborigen, pero nunca podrá hacerlo de un acomodado burgués austríaco de principios del siglo XX, ni de una familia de clase media gallega de principios de siglo XXI. Nuestras rentas nos diferencian, nos hace distintos. ¿Lo comparte? Piense en el colegio de sus hijos: hay quien valorará la cercanía al hogar, otros, las instalaciones deportivas, un tercero, la edad de los docentes o el estado de las aulas o el nivel de inglés. Vaya a saber. Y qué más da. ¿Qué es lo relevante? La capacidad de elección, dejemos elegir, y si aciertan serán felices, y si no, lo intentarán de nuevo, ejercerán su libertad. Nuestra capacidad es tan grande que cada día somos más dispares. Sin embargo, no son pocos los que aún tienen clavada en la piel las penurias de la posguerra, donde lo relevante era producir y, si nadie estaba dispuesto a ello, que lo hiciese el Estado.

Lo sorprendente es la dificultad que hay para cambiar inercias. Hoy, el Estado solo debe regular. ¿Y la sanidad pública?, se preguntará. ¿La española? Sostenerla en los máximos niveles de calidad. Si hubiera que crearla de cero, habría mucho que debatir, pero el sistema es sólido y debe sostenerse y fortalecerse. Pero hablemos de lo que no existe, una red universal de guarderías, de cero a tres años. Algo que ha salido a debate con el proyecto de presupuestos. ¿Cómo la haría? El coste de una plaza, incluida la construcción, son 7.000 euros, lo que cobra un centro concertado por un niño en educación infantil es de 1.900 euros. Nacen al año unos 18.000 niños en Galicia, la plaza de nueva creación supondría 126 millones de euros, si extendemos el concierto, serían 34 millones. En el primer modelo, el Estado le indica qué hacer con su hijo y dónde debe ir; en el segundo modelo, usted elige a dónde lo quiere mandar. Y si algún centro privado tiene lista de espera, ampliará sus aulas o abrirá delegaciones. Y si lo hace mal, tendrá que cerrar. ¿Y? ¿Qué es lo relevante? La elección, siempre la elección, salvo que crea usted que aún vivimos en una selva y nuestros gobernantes son los caciques del lugar.

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