Claves del caso Huawei


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

La detención en Canadá, por iniciativa estadounidense, de la vicepresidenta de la compañía tecnológica china Huawei no es un asunto más en las removidas aguas de las relaciones internacionales. Originado en una acusación de violar las sanciones a Irán, ese arresto podría tener consecuencias notables en varios ámbitos distintos. Cabe preguntarse si una jurisdicción nacional es la apropiada para lidiar con asuntos de ese carácter: ¿No se echa aquí en falta un tribunal internacional que trate sobre intercambios económicos internacionales? O en su defecto, ¿no debiera ser la ONU -como acaba de proponer Jeffrey Sachs- quien lo resuelva? Y por lo que tiene de arbitrario, ¿no crea un precedente muy peligroso que hará que miles de ejecutivos viajen por el mundo con una cierta inquietud?

Pero es desde el punto de vista económico donde el caso Huawei plantea sus cuestiones principales, algunas de gran trascendencia. La primera es la confirmación de un temor largamente gestado: el conflicto comercial entre Estados Unidos y China, lejos de moderase, va a más, de modo que probablemente empiece a dejar sus efectos perversos antes y de un modo más intenso de lo que se pensaba. De modo que la ralentización del crecimiento mundial, de la que estos días tanto se habla, pudiera ser peor de lo previsto.

El segundo gran asunto suscitado es la confirmación de que lo que ahora más preocupa de la economía china ya no es la fabricación barata y extensiva sobre una base de emulación y espionaje industrial masivo; es más bien que la economía de aquel país parece empezar a tomar ventaja en donde más puede doler a las viejas potencias occidentales: en la innovación tecnológica, y no en cualquier campo, sino en los más cruciales, la digitalización y la inteligencia artificial. No es solo que la propia Huawei se haya convertido en un líder indiscutible en el sector de la telefonía (algo inimaginable hace solo diez años). Es que el conjunto de aquella economía parece estar en esa senda de transformación: siguiendo el plan estratégico Made in China 2025, hoy es el país asiático el que lidera el registro de patentes a escala mundial (con más del 40 % del total). Y en algunas de las principales líneas de desarrollo tecnológico de cara a los próximos años -sobre todo en el llamado 5G-, las empresas chinas ocupan posiciones de genuino liderazgo.

Lo cual abre paso -volviendo al ámbito supranacional- a uno de los más complejos escenarios posibles, el de una guerra fría tecnológica, con dos potencias disponiendo sus poderosas armas digitales sobre diferentes regiones del mundo. Parece claro que, si tal cosa ocurriera (y sería muy imprudente descartarlo), habría que ir pensando en un final de la internacionalización de la economía tal y como la hemos conocido en las últimas décadas. Más bien debiéramos imaginar una globalización escindida (o mejor aún, «dos globalizaciones» compitiendo entre sí). En todo caso, aparece aquí la última gran consecuencia del caso Huawei, referida esta al carácter profundo de los procesos de digitalización: si hasta hace unos años veíamos las tecnologías de la información con mirada ingenua, en la que no aparecían más que los aspectos positivos (acceso casi infinito a la información, plena comunicación de todos a todos…), hoy es imposible ignorar algunas novedades altamente conflictivas que traen también consigo (monopolio, concentración de riqueza, inquietantes impactos cognitivos). Pues bien, entre estas últimas figura su impacto geoestratégico, que a partir de ahora marcará de un modo fundamental las formas en que se desarrollen el mundo de los algoritmos y la superinteligencia.

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