Los céntimos, desaparecidos

La escasez de monedas de euro de escaso valor en Bélgica obligará al comercio a redondear y encarecer sus productos; las autoridades investigan las causas del desabastecimiento


Bruselas / La Voz

 En los supermercados, cafeterías, restaurantes, tiendas y hasta en las cantinas de las instituciones europeas en Bélgica faltan monedas. Las pequeñas piezas rosadas de 1 y 2 céntimos se han evaporado. Las autoridades llevan meses siguiendo su rastro, pero se desconoce el paradero exacto de varios centenares de miles de ellas. Las sospechas apuntan en una dirección clara: las huchas de los ciudadanos belgas. Su secuestro está provocando serias perturbaciones en el comercio diario.

Los síntomas comenzaron el pasado mes de julio, cuando los comerciantes empezaron a tener problemas para poder devolver el cambio a sus clientes. «¿No tendrás tres céntimos?», preguntan en tono de súplica los trabajadores en el comedor de la Comisión. Hasta aquí ha llegado la escasez. «Es verdad que existe una carencia, pero ese déficit no es nuestra culpa, el Gobierno federal ha decidido que ninguna pieza de uno o dos céntimos será acuñada por el momento y debemos aceptarlo», admitió esta semana el portavoz del Servicio Público de Finanzas, Francis Adyns.

Los belgas han pedido una autorización para acuñar más monedas, pero el Banco Central Europeo (BCE) les ha dicho esta vez que se las van a tener que arreglar porque «ya hay suficientes disponibles». En el país deberían estar circulando unos 860 millones de piezas de 1 céntimo y 770 millones de 2 céntimos, pero buena parte de la remesa está incautada en los hogares belgas.

El equipo capitaneado por Mario Draghi cree que dopar al mercado con más céntimos puede acarrear riesgos para la estabilidad. La UE se niega a autorizar la fabricación de más monedas y sugiere adoptar medidas para subsanar su escasez. A Bélgica no le ha quedado otra opción que explorar fórmulas para salir del atolladero.

El Gobierno baraja tres alternativas posibles para lograr que afloren las monedas. La primera apela directamente a los ciudadanos. Se ha planteado la posibilidad de organizar una campaña «invitando» a los belgas a acudir en masa a las entidades bancarias para cambiar sus monedas por billetes. Fiar la resolución del conflicto a la responsabilidad y colaboración ciudadana puede no ser la mejor opción. Sobre todo cuando esa colaboración tiene un precio. Y es que los bancos en Bélgica cobran una comisión cada vez que se hace un trueque de moneda. Solo el Banco Nacional permite hacer esta operación de forma gratuita, con un límite de cinco kilos de monedas al mes. Ante esta disyuntiva, el Ejecutivo federal sopesa una segunda vía: exigir a las entidades financieras que aparquen esa política abusiva y dejen de cobrar a los clientes que deseen cambiar sus céntimos. La medida podría contar con la oposición frontal del sector bancario, que todavía no ha sido consultado por las autoridades belgas.

Ante la incertidumbre sobre la eficacia de una campaña pública o de la efectividad de forzar a los bancos a arrimar el hombro, el ministro de Economía, Kris Peeters (CD&V), estudia adoptar medidas legislativas para evitar que esta extraña desaparición de monedas acabe estrangulando el comercio. El flamenco está dispuesto a seguir adelante con un proyecto de ley que obligaría a los comerciantes a redondear los precios. Cadenas de supermercado, como la belga Delhaize, se verían forzadas a subir el precio de productos como el queso rayado de 1,59 euros a los 1,60 euros. En otros, como el pack de cuatro refrescos, el redondeo beneficiaría al cliente (de los 4,32 euros a los 4,30 euros). Los expertos apuntan que los precios podrían sufrir incrementos por decisiones comerciales orientadas a anticiparse a las maniobras del Gobierno. Y por mucha prisa que le impriman a la propuesta, la ley no entraría en vigor hasta principios del 2019, siendo optimistas. Hasta que la crisis de la calderilla no se solucione, los belgas no podrán salir de casa sin tarjeta.

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