La marca que hace del calcetín una pieza de arquitectura

Thunders Love estima acabar el año con una producción de 50.000 pares, destinados en su mayoría al mercado de los11 países donde está presente


Redacción / La Voz

Han hecho que el calcetín sea algo más que una prenda para calentar los pies. Lo han convertido en una pieza fundamental en outfits tan dispares como el de un gentleman o un hipster, pero también en el de los que priman la calidad. Incluso han lanzado modelos que se inspiran en los calcetines de rayas que solía utilizar John F. Kennedy.

Lo han logrado combinando un arte, bello, como la recuperación de técnicas de confección tradicionales como el jacquard, el link o la intarsia (una técnica que usa varios hilos metidos por el mismo canal) con materiales nobles como el algodón egipcio, el tinte natural y algunos principios de la arquitectura porque, como dicen, «trabajamos la estructura del calcetín». De ese modo, Ángela Valdenebro y Manuel Taboada han conseguido que los calcetines de su empresa con sede en Pontevedra, Thunder Loves Socks, hayan llegado ya a tiendas de once países de todo el mundo, desde Australia al Reino Unido o Estados Unidos. Además, desde su tienda online distribuyen estas prendas a cualquier parte del planeta.

Aún están empezando, pero pretenden acabar el año con una producción de unos 50.000 pares de calcetines. En el 2017 sacaron al mercado 10.000. Su secreto: diseño, calidad e irse marcando metas paso a paso.

Lo que empezó como una aventura casual va tomando visos de acabar como un proyecto cada vez más sólido dentro de la industria textil gallega. «Había estado en México montando un concept store con un amigo. La idea era introducir marcas europeas en el país centroamericano. Fue allí donde la conocí. Es arquitecta y montaba tiendas para una empresa gallega. Le pedí que me echara una mano con el proyecto, pero coincidió que el chico que iba a montar la tienda conmigo se fue de vacaciones a Bali durante quince días, pero llamó y dijo ‘no vuelvo’», recuerda Manuel. Fue por esa razón por la que él y Ángela comenzaron a barajar la idea de hacer algo juntos. Pensaron en qué podía ser. Por cuestiones de la vida acabaron recalando en el mundo del calcetín. Lo hicieron porque Manuel tiene un amigo que comercializa calcetines en España. Vieron que era un producto con gran potencial y que incluso había empresas en Estados Unidos que en pocos años lograron facturar millones de dólares amparándose, como ellos, en la calidad. Entonces, ¿por qué no? «Nos pasamos tres meses buscando fábricas -recuerda Manuel-. La primera no nos convenció y continuamos buscando aquí y allá». Encontrar talleres cualificados para hacer lo que ellos querían era complicado. El acabado ha de ser perfecto. No puede fallar. Tras esas primeras pesquisas lograron una financiación de 125.000 euros para lanzar su proyecto como startup. A partir de ahí, comenzaron a hacer una dura campaña de promoción en ferias, a través de bloggers, dejando producto en stock en tiendas de ciudades estratégicas... «Ahora estamos en plena fase de cambio, hemos lanzado una nueva web...», cuentan.

¿Pero cuál es la clave que los ha hecho triunfar en mercados con un alto nivel de exigencia? Haber convertido un modesto par de calcetines en una delicada pieza de arquitectura.

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