«Por precio te quita un cliente cualquiera; por calidad, no»

Tras su divorcio se vio sola con dos niños pequeños y tenía dos salidas: la hostelería familiar o la comercialización de marisco, que ya conocía por sus años de casada. Se decantó por lo segundo y empezó de prestado en un local de una amiga. Veinte años después, Linamar tiene un centenar de trabajadores y factura 22 millones al año. «Sí, crecimos, pero espero que nunca perdamos el alma».

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Santiago / La Voz

De una oficina provisional en un bajo de Sanxenxo a una nave de 7.000 metros cuadrados en el puerto de Tragove (Cambados). Así podría resumirse la trayectoria profesional de Lina Solla (Raxó-Poio, 1968), gerente de uno de los mayores grupos de comercialización y producción de marisco en Galicia. Y todo porque un día se divorció...

-¿El divorcio fue una oportunidad?

-Creo que sí, todo en la vida pasa por algo. Lo cómodo sería quedarme en el hostal de mis padres, pero no me gustaba la hostelería y el sector ya lo conocía porque de casada ya trabajaba en una depuradora.

-Y le salió bien...

-Me salió regularmente bien. También tengo que decir que yo no sufrí discriminación alguna por ser mujer, quizá con los bancos, pero nada más. Cuando me metí en esta nave tenía veinte millones de pesetas para el primer pago, y me daban facilidades, que fuera pagando. Pero se hundió el Prestige y cerraron el grifo. Salí adelante gracias al apoyo del sector bateeiro y de mi familia. Mi madre rescató el plan de pensiones, mi hermano hipotecó su negocio... Estoy aquí por todos ellos, pero creo que después tampoco les fallé. La gente me pregunta que cómo lo hice, y yo creo que fue huyendo hacia delante. Tengo llorado mucho y reído mucho, pero no hay nada en el mundo que me guste más.

-Cumple cincuenta años y la empresa veinte. Está de celebración, ¿no?

-Sí, ya tuvimos una fiesta tremenda, me hicieron un baile y todo. Lo que me da pena es que a algunos empleados no los conocía porque trabajan en otras plantas, y ellos para mí son como mi familia.

-Linamar nació en 1998 y cuando se estaba asentando, en el 2002, se hundió el Prestige. ¿Cómo recuerda esos duros momentos?

-Llegar a este puerto y ver el muelle lleno de chapapote es algo que no podré olvidar nunca. Lloré de pena y también de emoción porque los primeros días fueron de unión total del sector, que salió a sacar el chapapote con sus propias manos. Lo que me duele es que luego todo se quedó en una cuestión económica.

-¿Cómo dio el salto del bajo de su amiga a una empresa puntera en el sector?

-Cuando me divorcié, con 28 años y dos hijos, se lo planteé a mis padres, que me dijeron que a dónde iba yo. Pero una amiga que tenía una tienda en Sanxenxo me la prestó los meses de invierno, que la tenía cerrada. En el bajo de Sanxenxo no tenía más que un fax y un teléfono, pero yo el sector ya lo conocía. Lo que hacía era comprar a unos y vender a otros. Un año después, en el 98, creé Linamar. Primero estuve en O Grove, en sociedad con otra depuradora. Luego compré la parte de ellos y me instalé en A Illa y después me vine aquí, coincidiendo con el Prestige.

-¿Cuál es su secreto?

-En A Illa nos limitábamos a comercializar fresco pero aquí hacemos cosas diferentes y yo creo que ese es el secreto. Se trata de facilitarle las cosas al consumidor. Al mejillón le creamos una atmósfera protectora y lo comercializamos en unas bandejas que lo mantiene vivo más días y retrasa la fecha de caducidad, y todo ello sin conservantes y con unos controles de calidad muy exigentes. Invertimos 4.000 o 5.000 euros al mes en analíticas, y mi empeño es la seguridad alimentaria por encima de todo. Por precio te quita un cliente cualquiera; por calidad, no. Muchos me compran por esa tranquilidad y yo lo hago por la tranquilidad mía y por mi conciencia.

-Y por el camino conquistó Europa.

-Francia, Italia, Polonia, Suiza... Con 28 días de caducidad se puede llegar a esos mercados.

Lina Solla se rodea del mar que ve todas las mañanas y que es la razón de ser de su vida y de su trabajo. | martina miser

una nieta con la que se le cae la baba

el detalle

Cumplió el sueño de construirse una casa en su Raxó natal y ese es su rincón, donde disfruta de unas vistas privilegiadas sobre la ría y en el que descansa ahora acompañada de su nieta Alma, de seis meses. «Ser abuela es un gustazo», dice orgullosa. Está a pie de fábrica toda la semana e incluso los sábados, así que cuando no trabaja, sus prioridades son pocas, pero claras: «Mi nieta, mi familia, mi casa... Algunos amigos, pocos pero muy buenos». Y viajar, también en familia. Hace unos días tomó rumbo a Estambul, «que no lo conocía». Suele hacer cuatro viajes al año, dos de relax, a la playa, y otros dos culturales, para conocer. Disfruta ahora de la tranquilidad del trabajo bien hecho y de que tiene a sus hijos encaminados. «Les enseñé la pasión por lo que hacen», dice. Además, tiene recambio, porque si bien su hijo Miro se buscó las habichuelas por su cuenta, Dory ya forma parte de la firma: «Hizo Dirección de Empresas y tras probar con otros trabajos, acabó aquí. Le contagié mi sueño, es una suerte».

«Bertín Osborne abrió en su programa una bandeja mía; me emocionó, claro»

El negocio ya iba viento en popa a toda vela, pero el gran salto lo dio el día en que se asoció con el grupo vasco Angulas Aguinaga.

-Fue en el 2014. Nosotros ya estábamos haciendo pruebas con las salsas y fui a ver su empresa. Me plantearon que por qué no lo hacíamos juntos, y así fue, creamos una sociedad para elaborados.

-¿Qué tiene de diferente frente a otros elaborados de mejillón?

-Que no le lloramos nada al producto, que hacemos la salsa con el mejor albariño y con el mejor aceite. Para que un producto sea bueno tienes que hacerlo con los mejores ingredientes, porque el éxito de un producto es que el consumidor repita. No hay nada que me satisfaga más que alguien me diga que la salsa parece hecha en casa.

-¿Cuál es el perfil de su cliente?

-Por lo general, personas que trabajan y no tienen tiempo para cocinar pero que no renuncian a la calidad. El mejillón con atmósfera protectora donde menos se vende es en Galicia, pero porque aquí se prefiere el fresco.

-El balance será más que positivo, claro.

-Lloré mucho pero también disfruté mucho. Lo volvería a hacer todo, incluso lo que hice mal, porque de eso, aprendí. Nada me satisface más que ver mi producto en el supermercado y cuando voy de vacaciones no puedo evitar ir al súper a ver qué se vende. Incluso en los hoteles cuando me traen mis bandejas... ¿Te lo puedes imaginar? ¡Ah! Y el otro día Bertín Osborne abrió en su programa una bandeja mía. Me emociono, claro.

-¿Solo comercializa mejillón?

-Por mi autoexigencia en la calidad he tenido que renunciar a otras productos. Linamar es una marca de mejillón en un 99 %. Comercializamos también algo de almeja, pero poco.

-¿Hay recambio en el grupo Linamar?

-Lo hay. La empresa va a ser para Dory, mi hija, que es muy válida. Se encarga del departamento de sabores y de la quinta gama. Pero en realidad somos una gran familia. No puedo olvidarme de Gonzalo Molpeceres, el director financiero. Yo no estaría aquí sin él. Y los diez empleados que empezaron conmigo, aquí siguen. Soy un poco la madre de todos. Crecimos mucho, ahora somos un centenar, pero espero que nunca perdamos el alma.

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«Por precio te quita un cliente cualquiera; por calidad, no»