El auge de la ciudad global

Xosé Carlos Arias CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA DE LA UNIVERSIDADE DE VIGO

MERCADOS

14 ene 2018 . Actualizado a las 05:02 h.

Aún no sabemos qué juego político puede llegar a dar el invento de Tabarnia, pero ya va estando claro que va mucho más allá de una simple broma. En lo más inmediato, la súbita reivindicación tabarnesa pone sobre la mesa argumentos inteligentes que tienen la virtud de poner en claro las inconsistencias y contradicciones de algunas propuestas del secesionismo. Pero, como algunos observadores han ido detectando, su interés va más allá de la disputa catalana, para plantear algunas cuestiones de índole más general.

Por ejemplo, cuando uno de los casi secretos promotores de la idea, con el fin de defenderla, pone como ejemplo el éxito económico de la ciudad de Madrid -que, según él, tendría mucho que ver con el hecho de haberse constituido como entidad política al margen del territorio circundante, es decir, las dos Castillas, que hubieran supuesto un lastre para su despegue-, está llevando el argumento a un ámbito controvertido, pero de gran interés: el papel económico de la ciudad en un mundo globalizado.

Porque es cierto que las ciudades -o al menos algunas de ellas, las que se suelen llamar «ciudades globales», en torno a las cuales se constituyen densas redes urbanas o megarregiones bien conectadas con los grandes ejes de desarrollo del conocimiento y la producción mundiales- se han convertido en un agente fundamental en el desarrollo de la economía contemporánea. Y ese protagonismo creciente va ligado, a su vez, a la configuración de un nuevo mapa del mundo urbano. Con todo ello tiene mucho que ver la implantación de la sociedad del conocimiento, y de un modo muy diferente a lo que se suponía hace un par de décadas: frente a la idea de que la tecnología iba a permitir la generalización del trabajo a distancia -gente trabajando en servicios muy sofisticados y en lugares apartados-, ha ido cobrando cada vez más importancia la concentración de actividades en determinados y muy concentrados espacios, en una tendencia que con seguridad irá a más en los próximos veinte o treinta años.

No todas las grandes urbes se sumarán a esas tendencias. Solo la harán las que sean capaces de competir capazmente en la economía global. Pues bien, según algunos de los principales expertos en la materia (como Richard Florida, de la Universidad de Toronto, o Edward Glaeser, de Harvard), de esa cruda competencia saldrán airosas aquellas ciudades que se muestren avezadas en generar conocimiento y emprendimiento y, aún en mayor medida, atraigan capitales y talento. Según Glaeser, no habrá quien pare a una ciudad que sea capaz de ofrecer todo eso en dosis abundantes. En Fráncfort, Ámsterdam, Nueva York o Sidney saben mucho de ello.

Visto así, «el vasto territorio circundante» puede llegar a ser, efectivamente, una carga. No es raro que muchas ciudades del mundo estén buscando fórmulas para una definición política más precisa, y en todo caso más independiente respecto a lo que eran sus antiguas regiones de pertenencia. El caso de Londres es uno de los más conocidos. Se trata de una tendencia que probablemente vaya también a más, o al menos así lo destacan algunos importantes documentos de previsión estratégica (como Global Strategic Trends, del ministerio británico de Defensa). Lo cual, por cierto, visto desde el otro lado, origina una justificada percepción de vacío y una cierta desolación (lo que da lugar a fenómenos como «Teruel también existe» o al relativo éxito editorial de un ensayo medianito como La España vacía, de Sergio del Molino).

Este último comentario da idea de que en torno a las Tabarnias del mundo pueden aparecer nuevas desigualdades y discriminaciones, por lo que haríamos mal en idealizarlo. Pero, en todo caso, tomémoslo en serio: Tabarnia es bastante más que un recurso retórico frente a separatistas o un mero entretenimiento para urbanitas.