Estamos solos


El doce de octubre de 1778, el Rey Carlos III firma el Reglamento de libre comercio y permite que trece puertos de la península comercien con 24 puertos americanos. A Coruña que, si bien tiene la condición de ciudad, otorgada por Juan II, no es más que un pequeño pueblo que no alcanza los 10.000 habitantes, es uno de esos puertos. Antes de terminar el siglo supera los trece mil habitantes, tiene un movimiento portuario de 250 buques y mueve 14.000 toneladas de mercancía. La libertad la hace grande. El libre comercio. El ser lugar de llegada y no de partida. Que el único freno sea el océano.

Roto el monopolio del comercio con Las Indias, los liberales que acompañan a Carlos III promueven la creación del Real Consulado Marítimo Terrestre, «comprehensivo de la ciudad de La Coruña, su Puerto, el de Vigo y todos los Puertos y Pueblos del Arzobispado de Santiago». La ilustración borbónica construye, a toda la velocidad que le es posible, una estructura social paralela a la de los Austrias. No luchan por cambiar lo existente, no hay tiempo, simplemente crean un mundo nuevo. Y lo consiguen, tanto lo consiguen que transforman una aldea del norte de España en un punto de captación de talento empresarial. Llegan mercaderes de todos los rincones. Se instalan aquí, en las ciudades portuarias abiertas a América, y lo hacen hablando su lengua franca, el castellano.

Han pasado ya dos siglos y medio y ¿qué nos queda? Solo una cosa, el saber que esos tiempos no van a volver. Nadie va a llegar para transformar Galicia. Nadie va a llegar a decirnos que debemos crear nuevas estructuras sociales, como el Consulado o los Amigos del País. Nadie va a venir a hacer lo que nosotros no seamos capaces de decidir. Así que tengámoslo claro, estamos solos y solos hemos de situar a Galicia en la posición que deseamos.

Tener clara esta idea, dependemos de nosotros mismos, es trascendental. Y cuando la hayamos metabolizado lo suficiente -algunos necesitarán más de dos vidas para ello, otros dos segundos-, habremos de llegar a la siguiente máxima: no nos hagamos daño. O al menos no nos lo hagamos inútilmente, gratuitamente. Y me imagino que se preguntará a dónde quiero llegar. Lógico. Pues a la relación entre la Administración y la clase empresarial. Con los Austrias fuimos una aldea, con Carlos III, hijo de Felipe V, epicentro del Atlántico. ¿Qué cambió? La idea de España y el lenguaje de la Administración hacia la sociedad. Y esto es lo que ha de cambiar también en Galicia.

Recientemente, el barómetro de economía del Consello Galego de Economistas indicaba que nuestra profesión ve cargas burocráticas en los tres niveles, municipal, autonómico y estatal, y que, por tanto, si deseamos darle una vuelta al tema, debemos actuar en esos tres espacios. A nivel autonómico se han producido cambios, a partir de la Ley Conde o Ley de Medidas de Implantación Empresarial, pero ahí nos hemos quedado. Está bien como toque de campana para decir, arrancamos una reforma administrativa, abandonamos la Xunta de los Austrias y entramos en la de Carlos III, pero si no pasamos de ahí, no salimos de lo anecdótico, y Galicia no se lo merece. Hemos de continuar.

A nivel municipal, ¿qué vamos a decir? Hay dictaduras africanas con mayor seguridad jurídica. No se escandalice. ¿Quién indemniza a un empresario por esperar dos años para obtener una licencia? Nadie, pero ahora viene lo mejor: ¿Quién se sonroja en ese municipio porque un empresario tenga que esperar dos años? Nadie. Ya ve. Tres problemas. Procedimiento burocrático, ejecución del mismo y desinterés. No vamos a matarnos para que viva mejor un empresario. Ya le digo, ¿dónde viven los enemigos? En casa.

Por Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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