Se empieza a andar


Está usted en una carrera y quiere cambiar su posición en la misma, ¿qué hace? Usted verá, pero, en todo caso, será algo muy diferente a lo que estaba haciendo. ¿No? Nada cambia si uno no cambia. Galicia, como parte de España, lleva décadas en la misma posición. Ni para adelante ni para atrás. Vivimos en una dinámica de foto fija. Por eso, si usted cree que debemos de repetir las políticas de gasto público que nos caracterizaron en la época precrisis, no siga leyendo, o continúe, pero para odiarme.

La Xunta ha de velar para que cuatro necesidades básicas para cualquier familia estén perfectamente cubiertas. Pienso en vivienda, educación, sanidad y transporte público. Lo cual no quiere decir que sea el sector público el único que las satisfaga. Por ejemplo, si un alumno de posgrado le cuesta 10.000 euros a la Administración autonómica, como le cuesta, ¿por qué no darnos a los gallegos un talón y, con él en nuestro poder, elegir el centro dónde estudiar? ¿Quién pierde? El ineficiente, el que no escucha al mercado laboral. ¿Quién gana? El que hace bien su trabajo, el ciudadano y, especialmente, la sociedad, que pasaría a observar la educación como un elemento real de distribución de renta. ¿Lo haremos? No. Los estudiantes, estimulados por determinados colectivos de docentes universitarios, saldrían a la calle y la mayoría, que aquí también es silenciosa, vería una vez más cómo otros gobiernan por ellos. Y todo seguiría igual. ¿A quién le preocupa? ¿A las clases acomodadas? No, a esas no, esas pueden elegir. Que todo siga igual.

Podría llenar el periódico de casos similares, pero si algún gobernante lee esta columna, que se relaje, no voy a animarle a ningún planteamiento que genere un mínimo de fractura social. Galicia puede recorrer muchos estadios antes de intentar derribar determinadas murallas dogmáticas. Saqué a colación educación, sanidad y transporte público, porque una vez estemos a la altura en estas tres necesidades, vinculadas al presupuesto autonómico, la siguiente meta ha de ser empleo y más empleo, y eso nos lleva a una única dirección, el sector privado. Sin empresa gallega no hay futuro, y digo gallega porque ya es hora de que dejemos de creer en pajaritos preñados. Hemos de ser nosotros, nosotros mismos, los que impulsemos este país. Es cierto que podríamos ser epicentro del Atlántico, pero ni lo somos ni esperemos serlo en breve plazo. Para ocupar ese espacio, ser una especie de Irlanda latina, queda mucho camino que recorrer y, por fuerte que estemos, la presión fiscal que nos ha metido Montoro en las espaldas pesa en exceso, nunca nos dejará ser ágiles en la captación de inversión extranjera. Algunos dirán: ‘¡Oiga que no vamos tan mal!’ ¿A quién se lo cuentan, a un empresario turístico del Mediterráneo o a uno de la España envejecida? No todos somos iguales.

El presidente Feijoo ha dado pasos acertados anunciando que reducirá el IRPF y premiará con deducciones en el impuesto de patrimonio a aquellos que inviertan en la dinamización del rural, en el ámbito forestal, en la rehabilitación de los cascos históricos, o en actividades económicas en ellos, y a quienes compren suelo industrial de las administraciones. El acuerdo con la Federación Galega de Municipios, denominado Concello Doing Business, y que supondrá una reducción en el IBI, IAE y el Impuesto sobre Construcciones Instalaciones y Obras es otro acierto, gran acierto. Por fin estamos viendo otra manera de hacer las cosas. Galicia empieza a tomarse en serio ser tierra amable para el empresariado. Y aunque todos estamos de acuerdo en que queda mucho camino por recorrer, hemos empezado a andar el camino y, en ese andar, lo dejo claro, siempre estaré al lado de quien lo lidere.

Por Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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