La batalla sobre el superávit alemán


La balanza comercial de Alemania bate récords. Los últimos datos conocidos revelan que el superávit por cuenta corriente alcanza ya los 270.000 millones de euros, lo que equivale a un 8,7 % del PIB del país. En realidad, no es más que un nuevo paso de un fenómeno de largo recorrido que forma parte del problema conocido como desequilibrio global: mientras algunos países, como Alemania o China, se han instalado en una situación crónica de excedentes en sus cuentas exteriores, otras -con Estados Unidos como ejemplo principal- saldan sistemáticamente en déficit. Lo cual, al margen de sus efectos internos sobre cada uno de esos países, acarrea un reto muy importante para el conjunto de la economía global.

Desde el comienzo de la crisis europea se ha hecho evidente que un desequilibrio de ese tipo resulta muy perturbador si se produce dentro de un área monetaria unificada, como es la UEM. Por eso, son muchos los llamamientos que en estos años se han hecho al Gobierno alemán para que intente corregir lo que después de todo no es sino un desequilibrio (hace falta ser muy mercantilista para no verlo así). Ni que decir tiene que ni la señora Merkel ni el señor Schäuble se han dado por enterados. Sin embargo, en los últimos meses se ha registrado una importante novedad: ahora las presiones para que el Gobierno alemán cambie su política de cara a este problema vienen del otro lado del Atlántico, más en concreto de la Administración Trump.

La crítica del Ejecutivo norteamericano insiste en que Alemania exporta demasiado, y que ello se debe sobre todo a una manipulación del tipo de cambio del euro con el fin de obtener ventajas competitivas. Sin embargo, ese punto de vista es muy desacertado: Alemania exporta mucho porque esa es desde hace tiempo una fortaleza distintiva de su economía, en la que un número significativo de empresas tienen tomadas fuertes posiciones en los flujos del comercio mundial (y en las cadenas globales de valor). Como ha respondido acertadamente Mario Draghi, no hay manipulación alguna sobre el euro; el valor de este frente al dólar es consecuencia de la aplicación de unas políticas monetarias que «reflejan la posición distinta del ciclo en Estados Unidos y la zona euro». Es decir, para nada se mantiene un tipo de cambio artificial para exportar más.

El problema del superávit crónico de Alemania hay, por tanto, que buscarlo en otro sitio. Exactamente en el otro lado de las cuentas: porque cuando se analizan las importaciones de ese país, es imposible no sorprenderse con su escasa magnitud. Al fondo de esa magra dinámica importadora, lo que destaca es otro gran desequilibrio: el que existe entre el ahorro, muy pujante (debido tanto a cuestiones culturales como a la demografía) y la escasísima inversión. Y este es el punto clave sobre el que habría que presionar -desde Bruselas, París u otras capitales- a las autoridades alemanas: la necesidad de que, además de estimular la inversión privada, pongan en marcha proyectos de inversión pública a gran escala. A propósito de esto último, es interesante recordar dos cosas. Primero, que Alemania es uno de los países desarrollados con menor esfuerzo en formación pública de capital; y segundo, que en la actualidad existen allí múltiples y bien identificadas necesidades no atendidas de equipamientos e infraestructuras.

Solo la obsesión por mantener a toda costa la estabilidad presupuestaria, tan característica del ordoliberalismo predominante en ese país, permite explicar la persistencia de ese error. Ahora que la integración europea está ante una nueva oportunidad es el momento de corregirlo. Esa, y no la de Trump, es la batalla acertada sobre el superávit alemán.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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