¿Imaginar lo inimaginable?


Durante el verano del 2012, el euro estuvo en serio riesgo de saltar por los aires de un modo incontrolado. ¿Cuáles hubieran sido las consecuencias? Imposible responder con precisión, sobre todo por un motivo: frente a las muchas páginas escritas sobre la creación de la unión económica y monetaria (UEM), nada estaba establecido para su disolución ordenada. Solo podemos conjeturar que, de haberse producido, la crisis financiera subsiguiente habría dejado pequeña a la del año 2008. Ahora las amenazas proceden del ámbito político y no recaen solo sobre la moneda común, sino sobre algo mucho más trascendente: la Unión Europea en su conjunto. No se trata de un peligro inmediato, pues seguramente ni la señora Marine Le Pen ni otras fuerzas antieuropeas se hagan con el poder tras la serie de elecciones de este año en el continente. Pero nada hace pensar que el fuerte malestar existente vaya a desaparecer en los próximos años, por lo que la amenaza seguirá ahí.

Imaginar la desaparición de la UE es entrar en un territorio de pesadilla. Y no solo por lo que supondría la desaparición de múltiples elementos beneficiosos que, con todos sus fallos, la integración europea ha traído a los ciudadanos, en lo económico y lo político, pero también en materia cultural y de costumbres.

La disgregación no nos llevaría al punto de partida, sino a una situación mucho peor, pues, en primer lugar, se trata de estructuras comerciales y financieras altamente unificadas, después de treinta años de mercado único; y segundo, la aparición de nuevas fronteras, aduanas y controles a la libre movilidad difícilmente se daría de forma amistosa y cooperativa. Por el contrario, la historia sugiere que los viejos demonios regresarían con toda su carga destructiva: frente a quienes creen que esa es la vía para escapar del estancamiento, este se haría mucho más intenso y cargado de inestabilidad. Con todo, lo peor no sería el naufragio económico derivado del nuevo escenario, sino un trastorno que podríamos denominar civilizatorio.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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