Nos desapalancamos


Las familias españolas, al terminar el 2014, debían 748.760 millones de euros. Treinta y ocho mil millones menos al terminar el pasado enero. Si observamos el mundo de la empresa, el panorama es similar. Terminan el catorce con una deuda de 950.482 millones y, a finales de enero, sus deudas habían caído en cuarenta y cinco mil millones. España se desapalanca, paga sus deudas. De nada ha servido la política de máxima liquidez del Banco Central Europeo. Bueno, de algo sí, ha reducido los costes financieros del sector privado. Parecemos una bestia herida, tumbada al sol del otoño, descansando y viendo cómo la luz ayuda a cicatrizar las heridas. Y lo cierto es que si observamos cómo evoluciona la inversión, podemos constatar que ha ido perdiendo gas a lo largo del 2016. Si situamos la vista sobre las familias, veremos un comportamiento dual. Por un lado, está cayendo la deuda hipotecaria, tanto como 43.000 millones en 25 meses y, por el otro, sube tímidamente el crédito al consumo. Es decir, el cuadro que se está dibujando es el de una familia que se siente cómoda observando cómo amortiza su hipoteca y con ello reduce sus deudas. Si la economía se lo permite, incrementa ligeramente sus ahorros. ¿El consumo? Accede al mismo por necesidad, cambia de automóvil, de muebles, o adquiere un televisor solo si es necesario, absolutamente necesario. Y esto sí, esta «locura consumista» la hace ahora y no la hacía hace tres años, porque hoy vive en una sensatez aceptable, mientras que antes era rehén del pánico.

¿Es esta una situación envidiable? No. Necesitamos más pulso vital. No es deseable volver a la borrachera consumista del 2007, pero tampoco vamos a ningún sitio cantando loas a la austeridad. No nos olvidemos que en este país han llegado a trabajar veinte millones de personas y hoy aún no llegamos a los dieciocho millones. Necesitamos más consumo, más inversión, más empleo y, si me dejan lanzar un deseo a los Reyes Magos, también diría una reforma administrativa total, que redujera sustancialmente la burocracia y dividiera por cuatro el número actual de ayuntamientos. Está claro que las variables que dependen de los españoles no se van a mover. Antes muertos que reducir el peso y el control de la administración. Así que hablemos de las variables exógenas, las que no dependen de nosotros. La verdad es que a uno le duele el alma pensar que tiene que estar atento y, casi diría, hasta rezando, para que el marco macroeconómico mundial favorezca a tu país, y aquello que está en nuestras manos, que depende de nuestra miserable voluntad política, ni lo toquemos. Desastre de país. Bueno, ya desahogado, vuelvo al consumo, inversión y empleo.

POlítica fiscal

No se equivocaba Draghi cuando decía que los tipos bajos crearían consumidores. Lo que no tuvo fue la capacidad de acertar con el tipo de interés. Los fue bajando hasta que los situó en cero, pero claro, menos ya no podía. ¿Iban a ser negativos? No estaba en sus manos. De hecho, en más de una ocasión pidió ayuda a la política fiscal, al gasto público, entendía que esta batalla la perdía. Y la hubiera perdido si no fuera por la subida de la energía. La inflación de costes, la energética, ha venido acompañada de una mala estación para los productos del campo, provocando subidas de precios que desconciertan a la familia austera que retratábamos anteriormente. Algo se está moviendo y su comportamiento ahora sí es predecible, ante una pérdida del poder adquisitivo de su ahorro cambiarán de activo, irán a los mercados o al inmueble. Así que es cierto que España se desapalanca, disfrute con el dato, pronto verá cómo vuelve a apalancarse. Es la vida, es la economía.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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